Domingo V del Tiempo Ordinario, Ciclo B: Contra Toda Esperanza Imprimir
Escrito por padre Domingo Reyes   
Sábado, 03 de Febrero de 2018 13:58
· Primera lectura: 
Job, 7, 1-4, 6-7: “Mis días... se consumen 
sin esperanza”
· Salmo responsorial: 
Salmo 146, 1-2. 3, 3-4: “Él sana los corazones destrozados”
· Segunda lectura: 
“Me he hecho débil 
con los débiles”
· Evangelio: “Curó a muchos enfermos”

La frase de Job es  desoladora; está sufriendo horriblemente. A ello se añade la profunda desilusión de una persona que ha vivido toda su existencia para Dios y para los demás; no entiende nada; experimenta  una intensa tentación contra la esperanza: ¿Por qué sufre él, un inocente que siempre ha creído en Dios, ha sido profundamente solidario, ha hecho tanto bien? 

El libro de Job  plantea con toda crudeza el problema del mal, del sufrimiento; y no un sufrimiento cualquiera, sino el de los inocentes de todos los lugares, de todos los tiempos. La tentación de rebelarse contra Dios es intensa, aguda, de una aplastante lógica: ¿Dios es un sádico o un impotente? ¿la existencia del mal, no es una pura contradicción con su pretendida bondad o con su aparente omnipotencia? ¿El problema del sufrimiento, particularmente el del inocente, conduce necesariamente al ateísmo? Son preguntas peliagudas, de difíciles y resbaladizas respuestas. Y las lecturas de hoy las ofrece.
 
Desde la reflexión sobre ellas, el cristiano, pues, experimenta la necesidad de replantear su fe;  para transformarla en  una fe madura, cuya esfera y contenido va más allá de la pura razón pero que no puede prescindir de la misma para intentar entender el problema del mal;  y el cristiano deberá replantearse, con honestidad, crudeza, rigor y coherencia,  las preguntas sobre esta amarga realidad; desde su apasionada fe en Dios; en un proceso de búsqueda que comienza y  acaba siempre  en  la figura de Jesús. Para ello, además,  tendrá que tener en cuenta que la inmensidad del mal existente en el mundo lo provoca el pecado humano, definido como orgullo, soberbia,  y egoísmo, en la totalidad de sus grados e intensidades.
 
Por de pronto,  el salmo responsorial habla de Dios, como el que sana los corazones y venda las heridas de la existencia humana. Y el evangelio nos habla de que Jesús curaba a muchos enfermos. Dios no quiere nuestro mal, sino nuestro bien. Y el evangelio nos muestra el talante y la actitud de un Dios que responde contundentemente al hombre y  a sus interrogantes: asume nuestra naturaleza humana en toda su cruda debilidad, caduca, frágil, débil  y necesitada, en Jesús de Nazareth; pasa haciendo el bien,  cura a los hombres,  sanando sus heridas, y sufriendo  con los hombres, y experimenta en toda su dureza e intensidad, el sufrimiento, el dolor y la muerte por amor al ser humano.   
 
Un Dios, manifestado en Jesús, que invita a todo creyente a que, a pesar del mal, luchemos con las armas del amor, a erradicarlo del mundo, sembrando humildad donde hay soberbia, creando solidaridad sin límites frente al egoísmo profundo, viviendo la fraternidad donde hay hostilidad,  sanando desde el  amor la heridas del odio, revistiendo de  perdón   las actitudes  de venganza.
 
Él, nuestro Dios, manifestado en Cristo Jesús,  nos abre, a través de su muerte y  resurrección,  las puertas a un futuro de plenitud total,  inalcanzable en este mundo, que revitaliza y conforta nuestra debilidad, como la de Pablo, desde la propia fragilidad, para  transformar nuestra vida en una existencia de compromiso y entrega,   en la que reina el bien, y encauza nuestro futuro a una realidad preñada de esperanza, a pesar de tener frecuentemente la sensación de estar inmersos en una realidad donde no hay lugar para ella. Al final, la luz de Cristo ilumina, anima, conforta, pues la esperanza no defrauda.
 
padre Domingo Reyes, trinitario 

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