La palabra que une Imprimir
Escrito por padre Mariano Amores   
Sábado, 20 de Enero de 2018 12:09
Este domingo todo nos habla del poder de la Palabra de Dios. Emociona ver cómo por la predicación de Jonás, tras su propia conversión, toda una gran ciudad –“hacían falta tres días para recorrerla”– se mueve a penitencia para cambiar de estilo de vida. La palabra del profeta mueve. No es un conjunto de grandes discursos, de elaborados circunloquios o razonamientos “incontestables”, sino la palabra del hombre de Dios que habla en su nombre. Simplemente proclama un hecho que pasará si no hay cambio.

Jesucristo elogiará al profeta y a la ciudad conversa. Y aclarará que Él es más grande que Jonás. Por eso desde el comienzo de su predicación irá al centro del mensaje: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15).
 
El Evangelio, la Buena Nueva que nos trae Jesús. El mismo es la Palabra encarnada. Así convertirse y creer en el Evangelio es creer en Él, en todo lo que Él ha hecho y dicho. No seguimos lo que dijo alguien en un momento concreto de la historia y luego desapareció, sino que Él es la Palabra viva que nos sigue hablando.
 
Un detalle: para la proclamación del Evangelio en la Santa Misa nos ponemos de pie. Hasta ese momento hemos escuchado sentados las otras lecturas y salmos. Queremos con ese gesto afirmar que ante Jesucristo vivo que me habla me levanto. Y todos sin excepción nos ponemos de pie. Es algo que nos une. Y no solo a los católicos, sino a todos los cristianos. Podemos estar separados por motivos históricos que en su momento fueron importantes; podemos no estar –todavía– de acuerdo en algunos aspectos, pero ante Dios que nos habla en el Evangelio todos nos ponemos de pie. Todos podemos, de pie, rezar juntos un Padrenuestro, “la oración que el mismo Cristo nos enseñó”. 
 
Estamos en medio del Octavario por la unidad de los cristianos. Durante ocho días hasta la fiesta de la conversión de San Pablo (25 de enero), toda la Iglesia reza especialmente por la unidad. Una unidad que lleva rota muchos siglos, pero que se va restableciendo. Y es la Palabra la que une. Cristo quiere una sola Iglesia, una sola familia de hijos de Dios y en su palabra tenemos siempre la solución. Si Dios fue capaz de convertir toda una ciudad por la predicación de un profeta, es también capaz de reconstruir la unidad de los cristianos con su Palabra hecha carne. Para eso vino a la tierra.
 
Tenemos además la oración del propio Jesucristo. Es Él mismo quien pide que todos seamos uno como Él es uno con el Padre; y se lo pide al mismo Padre. ¿Cómo vamos a dudar de que la unidad se realizará si la misma Palabra lo ha pedido? Lógicamente Él cuenta con nuestra colaboración. “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres” (Mc. 1, 17) De ahí que la Iglesia cada año convoque este octavario. Y es todo un honor saber que Dios cuenta con nosotros para conseguir la unidad de todos los cristianos. Todos podemos poner nuestro granito de arena. Primero con la propia oración, que unas veces será una petición, otras el ofrecimiento de una contradicción, o una enfermedad, algo inesperado en nuestra jornada habitual de trabajo, una limosna generosa... 
 
Y, seguidamente, con esos gestos que contribuyen tanto a la unidad como vivir mejor la caridad con quien tenemos al lado,  mostrándole con nuestra vida auténticamente cristiana la vida de Jesucristo a quien seguimos. La unidad de los cristianos empieza por la unidad con los que tenemos cerca. No sería sincero nuestro deseo, si pedimos por la unidad de todas las Iglesias cristianas y en la nuestra no procuramos la caridad, mantenemos debates innecesarios o ponemos en tela de juicio el actuar de la autoridad.
 
Pidamos a Santa María, Madre de la Iglesia, que seamos todos vínculos de unidad porque seguimos la Palabra de su Hijo.
 
padre MARIANO AMORES
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