Imprimir
Queridos hermanos: En este domingo, que nos lleva a retomar el ritmo normal de la celebración de la eucaristía dominical en el Tiempo Ordinario, se centra en un tema muy importante  para la vida cristiana: la vocación, la llamada de Dios a seguirlo con toda nuestra vida.

Tanto el niño Samuel en la primera lectura como los primeros discípulos oyen esa llamada. Y desde entonces cambia su vida por completo. Siendo distintas, una casi un sueño y la otra una invitación directa, sin embargo su trasfondo es el mismo.
 
Dios conoce el corazón de las personas, su mirada es mucho más profunda que nuestra mirada superficial, que se suele quedar en meras «apariencias». Y por ello descubre el trasfondo de aquellas personas, como le gustaría hacer con todos nosotros.
 
Porque en el fondo descubrir la llamada y seguir la vocación de cada uno es, humildemente, intentar vivir de y para Dios. Y desde Él, para todos nuestros hermanos. Así descubre en el pequeño Samuel al profeta, que siendo un hombre, presentara de nuevo al pueblo de Israel la palabra de amor y esperanza que Dios quería dirigirles. 
 
Y como obras son amores, su misión no será sólo una voz más, sino que él ungirá al rey David, el amado de Dios. El mejor gobernante de su pueblo. Y en cuya casa nacería el Esperado, el Mesías, como hemos recordado en Navidad.
 
Más directa es la llamada del Señor a los primeros discípulos. Da mucha información a pesar de lo breve que es el relato. Lo primero es que Andrés y Juan, los primeros invitados por Jesús a unirse a su proyecto, eran discípulos del Bautista, y así participaban de la expectativa que muchos en Israel vivían, ante la inminente llegada del Salvador. 
 
Juan Bautista invitaba a cambiar de vida, a convertirse. Pero también había dicho que él no era el que tenía que venir. De ahí su confesión: «Este es el Cordero de Dios», el que tenía que venir. En el fondo, es una invitación para que Andrés y Juan se vayan a conocerlo.
 
Llevados por la curiosidad se van con él, quieren conocer a aquel hombre del que el Bautista tanto les había hablado. No sabemos mucho de lo que hicieron en aquella primera tarde que pasaron juntos. Aunque como ocurre con todos los momentos importantes de la vida, por mucho tiempo que pase, lo recordamos como si nos estuviera ocurriendo ahora mismo. 
 
Es lo que pasa con este texto. Muchas décadas habían pasado cuando Juan Evangelista lo recoge en su evangelio. Pero el que fue a las «cuatro de la tarde» señala cuanto vivía aún en su corazón aquel primer encuentro que les cambió la vida. A ellos y a quienes quisieron escucharlos. Como Simón, el hermano de Andrés, nuestro querido Pedro. Va corriendo a decírselo a su hermano, quiso compartir con él la noticia. Pero a este no le bastó con escucharlo, sino que quiso comprobarlo en primera persona.
 
También le cambió la vida, no sólo el nombre. Simón será desde entonces Pedro, y su vida sólo tendrá sentido desde entonces a la sombra de su Maestro, de su Señor. En muchas ocasiones el Evangelio nos hablará de ello. Y detrás de todas sus acciones, hasta de su traición, siempre estará su gran amor por Jesús. Desde aquel momento, Jesús y su Buena Noticia fue el único «sentido de su vida».
 
Y nosotros ¿hemos escuchado su voz, hemos descubierto nuestra vocación, ese camino de felicidad y plenitud que Dios quiere ofrecernos? Es uno de los trabajos siempre pendientes en la Iglesia y de los que formamos parte de ella. Para nuestra vida o para la vida de los nuestros (cuantos padres ponen «trabas» a sus hijos cuando aparece una posible vocación religiosa…). 
El Señor sigue llamando. Aunque parece que cada vez es más difícil oír su voz. Esperemos que entre todos facilitemos la «primavera vocacional» que el mundo necesita. Dejémonos ayudar por Él. ¡Feliz día del Señor a todos!
 
padre JUAN MANUEL ORTIZ PALOMO