· Primera lectura: 
Eclesiástico 27, 33-28, 9.
· Salmo responsorial: 
Salmos 79. “La viña del Señor es la casa de Israel”.
· Segunda lectura: 
Filipenses 4, 6-9.
· Evangelio: Mateo 21, 33-43.


Queridos hermanos: Seguimos esta semana con otra de las parábolas que nos acompañan en los evangelios de estas últimas semanas. Jesús es un buen pedagogo y busca que sus oyentes puedan acercarse a conocer los misterios del Reino. Son muy diversos los temas que presenta de esta manera. Aunque en el caso de la parábola de hoy el protagonista es él, ya que en el fondo, lo que explica es un anuncio del final de su vida.
 
Estamos entrando en las últimas semanas del Tiempo Ordinario, y eso nos hace ver que los temas que nos va a presentar la Palabra de Dios empiezan a mirar a nuestro futuro, de modo personal y como Iglesia. Esto es lo que ocurre con este fragmento del Evangelio de este domingo.
 
En apenas unas líneas presenta un resumen de su vida: Jesús no vino por su cuenta, sino que tenía una misión importante que cumplir, aquella que su Padre le había encargado. Es su gran enseñanza: vino a cuidar la viña, ese “rinconcillo” amado donde Dios se había esmerado especialmente. Israel no era cualquier pueblo, era el pequeño pueblo que Dios se había escogido, como suyo. 
 
Aunque no habían faltado profetas, hombres y mujeres de Dios que recordaran cuanto los amaba Dios, sin embargo no siempre ese amor fue correspondido por Israel. Una y otra vez llegaron esos “enviados” de Dios, aunque sin demasiado éxito. Porque el pecado tiene mucho más “atractivo” en principio, para el corazón humano: el camino hacia ese mal es mucho más fácil que el camino del esfuerzo y el trabajo serios, que al final nos llevan al Bien y a la felicidad, a esos grandes dones de Dios.
 
Con la esperanza de romper con esa dinámica, Dios envía a su Hijo, a Jesucristo. Pero su suerte será aún peor que la de muchos de esos profetas: acabarán con su vida, pensando en que si eran capaces de acabar con el heredero, el Dueño los dejaría en paz. Y de alguna manera fue así. Fue un poco “la gota que colmó el vaso”: si no queréis salvaros, tranquilos, buscaré a quien quiera hacerlo. 
 
Esta salvación era para vosotros, pero nadie puede creer contra su voluntad, la fe es algo que hay que practicar libremente. O simplemente no es fe. De ahí nace la última, y a la vez más importante afirmación de este evangelio: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
 
Eso nos abrió a nosotros, a los no judíos, las puertas de esa salvación, nos hizo ser en la Iglesia el nuevo pueblo de Dios. En la segunda lectura de hoy, expone Pablo lo que debía de ser la vida de esa comunidad de fe, esa que quiere vivir en el Amor de Dios, que nos acercó con su vida Jesucristo.
 
Pero si releemos el propio texto, a surgen una serie de preguntas: ¿puede pasarnos a nosotros lo mismo que a aquellos judíos?, ¿podemos creer que está todo hecho, que no estamos echando por tierra con muchos gestos de nuestra vida, todo lo que Dios nos ha dado?, ¿tendrá necesidad Dios de darle este gran “regalo” a otro pueblo, porque nosotros, los cristianos, nos negamos a ser dignos de él?
 
Es cierto que no podemos una respuesta para todos los casos, y que sólo en conciencia se podría dar esa respuesta. Pero debería ayudarnos a hora de plantearnos nuestra relación con Dios en su Iglesia. No da igual lo que hagamos. Nuestra responsabilidad es seguir trabajando, con humildad en la viña del Señor, buscando que sea cada vez mayor el fruto de amor que de ahí nazca. Con la esperanza de que así sea, os deseo un feliz fin de semana. ¡Que Dios os bendiga!
 
padre Juan Manuel Ortiz Palomo