| Domingo V del Tiempo Ordinario, Ciclo B, 5 de febrero de 2012 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 03 de Febrero de 2012 17:52 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Jb. 7, 1-4; 6-7), "Mis días se consumen sin esperanza". · Segunda lectura, (1 Cor. 9,16-19, 22-23), "Me he hecho débil con los débiles". · Tercera lectura, (Mc. 1, 29-39), "Curó a muchos enfermos de diversos males".
Sentido cristiano del sufrimiento
El hombre de nuestro tiempo está enemistado con el dolor. Lo quiere erradicar a toda costa de su vida, pero ha comenzado a darse cuenta de que es imposible. El hedonismo nos ha llevado a buscar la salud perfecta, la eterna juventud, la plenitud de fuerzas prolongada el mayor tiempo posible. Y en medio de ese proyecto, la aparición de la enfermedad, del dolor, de la desolación, se convierte en algo amargo, inaceptable. La vida humana está llena de cruces que no nos podemos sacudir, miles de cruces que nos tocan de lejos o de cerca. Hay muchos dolores humanos que no encuentran remedio médico. Ante este problema, sólo caben dos alternativas: o la del masoquista que se complace en el dolor, o la del ser humano redimido por Jesús que ve en el dolor un camino de amor, la de Cristo ante la cruz. Ciertamente, es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios.
Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. Jesús no era un masoquista, pero amó el dolor que rechazaba. Ahí está la base de la aceptación del dolor. Ahí está su enseñanza: "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". Para ir en pos de Cristo hay que negarse a sí mismo y tomar esta cruz. "Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Jesús. El signo de los discípulos de Cristo es esta aceptación generosa del sufrimiento, algo absurdo para el hombre de hoy y de siempre, una necedad, quizás porque, como dice San Pablo, "el hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas". Su Santidad Juan Pablo II es un maestro del significado del dolor, que nos ha enseñado a encontrar el sentido de este misterio que atenaza al hombre. Él fue un Papa muy cercano al sufrimiento humano. Se identificó fácilmente con el dolor de los enfermos, compartió la desgracia ajena, se interesó por todo aquello en lo que el hombre aparecía agredido física o espiritualmente. El sufrimiento, según el profundo pensamiento del Papa Juan Pablo II, es "verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él, el hombre se encuentra a sí mismo, descubre su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión". El Papa ha dicho también que el dolor es una prueba, una prueba que evidencia el amor, que hace presente el amor de Dios en el mundo. El sufrimiento humano es muchas veces una expresión de amor. El dolor sin amor sólo engendra amargura y desesperación, rebeldía y desesperanza.
El amor sin dolor, es frágil, superficial, incompleto, antojadizo. La cultura en la que vivimos inmersos promete la felicidad en esta vida y se presenta como al alcance de la mano, algo fácil de construir sin demasiado esfuerzo, pero los seres humanos sabemos por experiencia que la felicidad en el amor requiere de la donación personal sacrificada. El dolor puede ser un camino hacia el amor y al amor auténtico y completo sólo se llega por el dolor de la abnegación personal de sí mismo en favor del otro. Aceptar el dolor y servir al que sufre son los grandes mensajes del cristianismo actual a un mundo insolidario que muchas veces desprecia al que sufre. Luchemos para superar el dolor. Aceptemos con actitud positiva el sufrimiento. Convirtámoslo en madurez cristiana. Acerquémonos al que sufre, con amor y solidaridad. |
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