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Domingo IV, Ciclo B, 28 de enero 2012 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Lunes, 30 de Enero de 2012 19:15

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Dt. 18, 15 - 20) "Pondré mis palabras en su boca".

· Segunda lectura, (1 Cor. 7,32 - 35) "Todo esto os lo digo.

· Tercera lectura, (Mc. 1, 21 - 28) "Enseñaba con autoridad.

 

Comunicar la Palabra de Dios con autoridad

 

Nuestra generación, como la del tiempo de Jesús, ya está harta de tanta palabrería. Miles y miles de palabras resuenan constantemente en nuestros oídos, pronunciadas con calor, con técnicas de persuasión, tratando de convencernos de su verdad. Desde hace mucho tiempo venimos padeciendo una pertinaz lluvia de palabras, discursos y eslóganes que nos han conducido a la frustración: promesas incumplidas, paraísos nunca alcanzados, ofrecimientos de paz, prosperidad, justicia social, libertad, respeto a los derechos humanos, que casi siempre han incumplido los propagandistas de las diversas ideologías. Todos nos damos cuenta de que son mera palabrería. Todos sabemos que nos están mintiendo, que nos están engañando.

 

Es muy difícil escuchar palabras con el peso suficiente para calarnos hasta dentro. La comercialización de la palabra tiene su mejor exponente en las técnicas de la propaganda, llevadas hasta el absurdo en los anuncios televisivos y durante las campañas electorales. Nuestra sociedad ha convertido en una especie de ciencia la manipulación de las masas por medio de los mensajes. Las mismas palabras significan cosas distintas para cada persona o grupo, según quien las diga o las escuche. En un ambiente así, la tentación de la dictadura familiar y social es grande.

A los creyentes naturalmente nos preocupa qué debemos hacer para poder comunicar la Palabra de Dios con autoridad. Cómo llegar a una auténtica comunicación con los hermanos. Cómo adquirir un modo de hablar, una técnica apropiada, para anunciar el evangelio, para transmitir la fe. Parece que la eficacia de la Palabra tenemos que encontrarla en las actitudes del que habla, en el mundo interior que manifiesta, en la vida que se percibe detrás de esas palabras....

Siempre que proclamamos la Palabra, siempre que reproducimos fielmente el mensaje evangélico, siempre que con nuestra vida transparente damos testimonio de nuestra fe, Dios habla a través nuestro, y nuestras palabras participan de aquella autoridad con que hablaba Jesús. La autoridad de Jesús está en que su Palabra y su vida forman una unidad plena porque no dice nada que no esté haciendo ya, porque sus palabras brotaban de una experiencia profunda que confirmaba con su vida. Impresionaba el hecho de constatar que en Él no existía división entre lo que decía y lo que vivía. Probaba con sus obras sus palabras, vivía lo que enseñaba. Jesús es el profeta que educa para la vida: acepta la realidad, la reconoce y nos da a entender que se puede seguir adelante, que se puede amar y vivir a pesar de todo. La autoridad en el que habla nace de su fidelidad a la Palabra, depende de sus obras. Comunicaremos fe si somos creyentes; descubriremos la salvación a los demás si nos sentimos salvados; anunciaremos la liberación si estamos trabajando por ella. En la nueva ley tienen que ir siempre unidos el mensaje y la vida.

 

El pueblo sencillo creía en Jesús porque veía en Él coherencia entre lo que decía y su modo de vivir. Veía en Él originalidad cuando hablaba de las cosas del Padre y del Reino; esa originalidad que brota de la experiencia personal. Veía en Él libertad e independencia con relación a cualquier estamento social -sacerdotes y escribas, fariseos y saduceos, nacionalistas zelotes-. Jesús rompía moldes religiosos, perdonaba los pecados y demostraba que tenía poder para hacerlo; añadía nuevos matices a la ley del Sinaí para superar el legalismo y dejar claro el principio iluminador del amor fraterno.

 

Queridos hermanos: si somos coherentes con el evangelio, si nuestra vida no está dividida, su Palabra volverá a ser escuchada, porque no será nuestra opinión personal, sino que llevará en su entraña la fuerza renovadora de la acción de Dios. Transmitamos el mensaje de Jesús más con el testimonio, que con la palabra.

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