| Domingo II del Tiempo Ordinario, Ciclo B, 15 de enero de 2012 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Domingo, 15 de Enero de 2012 20:16 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (3, 3b-10; 19), "Habla, Señor, que tu siervo escucha" · Segunda lectura, (I Cor. 6,13c-15ª; 17-20), "Glorificad a Dios también con vuestro cuerpo" · Tercera lectura, (Jn. 1,35-42 ") ¿Qué buscáis?"
¿Qué buscáis?
Al adentrarnos nuevamente en el tiempo ordinario del año litúrgico, de pronto nos encontramos con Jesús, ya adulto, dedicado de lleno a su misión. Está buscando seguidores que han de ser sus continuadores. A dos discípulos de Juan, que se acercan a Él, les pregunta ¿qué buscáis? Y aún hoy sigue teniendo actualidad esa pregunta de Jesús, tal y como la expresa el evangelio de san Juan: "¿Que buscáis?". El hombre de cualquier tiempo de la historia se define por sus búsquedas. También el hombre de hoy. Y en esta permanente búsqueda, jamás satisfecha del todo, estriba la grandeza y la dignidad del hombre. Cuanto el hombre ha construido de digno tiene siempre en sus comienzos una voluntad de búsqueda, y la cultura, el arte, la filosofía, la política, la economía, el amor... responden a numerosos interrogantes que el hombre se formula en los más variados terrenos. El problema del hombre no consiste en buscar, sino en acertar qué debe buscar, cómo debe buscar, en dónde debe buscar. Hay preguntas irrelevantes en la vida humana y, en consecuencia, las respuestas resultas insignificantes, pero también hay preguntas que reclaman incesante esfuerzo de búsqueda, y por ello, las respuestas no pueden ser inmediatas. Hay esfinges que no responden; hay charlatanes que contestan sobre lo que desconocen; hay excesivos ruidos y clamores que no permiten escuchar las respuestas válidas... La búsqueda del hombre apunta hacia una plenitud de liberación, y en tanto no se le brinde respuesta satisfactoria a su permanente peregrinar investigador, se sentirá frustrado o acabará por elegir respuestas sin contenido válido. El fenómeno religioso, como dimensión radicalmente humana, se sitúa en un complejo juego de preguntas humanas y de respuestas divinas; o, mejor, el hombre es búsqueda porque, desde lo más íntimo, Dios se le está ofreciendo como respuesta y como plenitud. Al Jesús que interroga: "¿Qué buscáis?", le precede el Dios de Jesús que, previamente está como diciendo "Venid y veréis". Aquí se centra la originalidad del Dios revelado en Jesús. Para el creyente en Jesús, el hombre es lo que es –– como búsqueda, como sed de eternidad, de santidad y de verdad –-, porque Dios ha tenido la iniciativa de proponer a todo hombre un destino de liberación y plenitud que llamamos salvación. La constante histórica del hecho religioso, a través de las generaciones, de todas las culturas y todos los cielos, sólo resulta explicable desde la afirmación evangélica de que Dios llama a todo hombre a su salvación. Sin esta clave, el hombre resulta absurdo y contradictorio. Esta dimensión religiosa del hombre se vicia cuando la búsqueda humana se equivoca sobre el objetivo que ha de perseguir, sobre la tensión con que ha de buscar o sobre las realidades y las personas que pueden ofrecer respuestas satisfactorias. Más se debilita aún cuando el hombre renuncia, consciente o inconscientemente, a su definición de pertinaz buscador. La actitud del niño Samuel –– que nos evoca la primera lectura de hoy –– debe definir al creyente… "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Sin esta postura interior de dejarse penetrar por la Palabra de Dios, el hombre dimite de su vocación o acaba por encontrar únicamente respuestas banales. Y el hombre ha de estar muy por encima de lo superficial, por encima de todo bien terreno. Por eso nos dice el Apóstol: "No os poseéis en propiedad, porque Dios os ha comprado pagando un alto precio por vosotros". Dejarse penetrar por la Palabra de Dios, meditando el Evangelio no para encontrar «recetas» para vivir, sino para experimentar que, viviendo como él, se puede vivir de manera diferente, con libertad y alegría interior. Los primeros cristianos vivían con esta idea: ser cristiano era «sentir como sentía él», era «revestirse de Cristo», decían, reproducir en nosotros su vida, como nos enseña San Pablo. Esto es lo esencial. Por eso, cuando dos discípulos preguntan a Jesús: «Maestro, ¿dónde vives?, Él les responde: «Venid y lo veréis». Por eso, si queremos nosotros saber dónde vive Jesús tenemos que seguirle y ciertamente lo veremos. |
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