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Domingo III de Adviento, Ciclo B, 11 de diciembre de 2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Jueves, 08 de Diciembre de 2011 19:26

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, Is. 40, 1-5; 9-11: "Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale".

· Segunda lectura, 2P. 3, 8-14: "El Señor no tarda en cumplir su promesa".

· Tercera lectura, Mc. 1, 1-8: "Predicaba para que se convirtieran y se bautizaran".

 

Es Domingo "Gaudete"

 

"Gaudete" es la primera palabra que preside la liturgia cristiana de este tercer domingo de Adviento. Es un mensaje de alegría por la llegada inminente de la época mesiánica. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Es alegría que se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza, perdido en el desierto.

Cuando el Antiguo Testamento veía el desierto como lugar geográfico, lo consideraba como "la tierra que Dios no ha bendecido", lugar de tentación, de aridez, de desolación. Esta concepción cambió cuando Yahvé hizo pasar a su pueblo por el desierto antes de introducirlo en la tierra prometida. A partir de entonces, el desierto evoca, sobre todo, una etapa decisiva de la historia de la salvación: el nacimiento y la constitución del pueblo de Dios. El desierto se convierte así en el lugar del "tránsito", del Éxodo, el lugar que se debe pasar cuando uno sale de la esclavitud de Egipto y se dirige a la tierra prometida. Lo importante, sin embargo, es comprender que ése es el camino de salvación que Dios elige expresamente para su pueblo: en el desierto. Yahvé lo purifica, le da la ley, le ofrece innumerables pruebas de su amor y fidelidad.

Cuando el profeta Isaías habla del desierto florido expresa esta convicción: Dios siempre cuida de su pueblo y, en las pruebas de este lugar desolado, lo alimenta con el maná que baja del cielo y con el agua que brota de la roca, lo conforta con su presencia y compañía hasta tal punto que el desierto empieza a florecer. En nuestra vida hay momentos de desierto, momentos de desolación, de prueba de Dios; en ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca del profeta Isaías: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis".

La llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: Así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Señor viene en persona. Éste es el motivo de la alegría, éste es el motivo de la fortaleza: es Dios mismo quien viene a rescatar a su pueblo; es Dios mismo quien se hace presente en el desierto y lo hace florecer; Dios mismo quien nace en una pequeña gruta de Belén para salvar a los hombres; es Dios mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la participación en su naturaleza divina.

Por eso al encaminarnos hacia la Navidad lo hacemos con un corazón lleno de gozo. Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de la Navidad. La alegría de saber que el Niño Jesús, Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no hay, por muy grave que sea, causa para la desesperación. De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación del nacimiento, el gozo de los cantos navideños tan llenos de poesía y de encanto infantil. Es justo que estemos alegres cuando Dios está tan cerca.

Hermanos, no olvidemos que la mejor manera de salir al encuentro de Jesús es el amor y la caridad: el amor entre todos los miembros del hogar; el amor y la caridad con los más necesitados, con los ancianos y los olvidados. Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer el desierto. Lo que hará que la alegría de la Navidad sea auténtica.

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