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Primer domingo de Adviento,Ciclo A, 27 de noviembre de 2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 25 de Noviembre de 2011 18:32

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Is. 63,1 6b-17; 64, 1-7), "Ojalá bajases y derritieses los montes con tu presencia".

· Segunda lectura, (I Cr. 1, 3-9). "Aguardamos la manifestación de Jesucristo, nuestro Salvador".

· Tercera lectura, (Mc. 13, 33-37), "Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa".

 

Dios nunca abandona a sus hijos

 

Es un tiempo nuevo el que comenzamos hoy. Le llamamos Adviento y tiene sentido de espera, esa cosa que nos parece tan larga porque estamos deseando que, por fin, ocurra y nos pone nerviosos hasta que acontece. Esperamos a Dios (¿?), con gran temor de unos y más indiferencia por parte de muchos. Los primeros porque piensan que venir Dios es sinónimo de muerte, juicio y castigo. Los segundos porque pasan olímpicamente de que Dios venga. Eso es cosa de algunos ingenuos que siguen creyendo en esas cosas. Los ingenuos creyentes escuchamos hablar de Adviento y demostramos no tener mucha idea de su sentido. Nos suena a proximidad de Navidad, a luces en la calle, gastos extra para las celebraciones familiares y preparación de regalos para unos y otros.

Hoy, este año, estamos esperando otra cosa más urgente, que nos preocupa de verdad y nos tiene en vilo. Añoramos con auténtica ansiedad que llegue el fin de la crisis, o mejor aún, que atisbemos el comienzo del final, porque nos levantamos cada día con una sorpresa a cual más desagradable y desalentadora, sin que el deslizamiento hacia abajo parezca tener límite con las consiguientes secuelas de paro, privaciones y dificultades familiares y personales.

 

¿Pero qué tiene que ver esta crisis económica, social, política y cultural con el Adviento y con Dios? Los profetas del Antiguo Testamento dirían, rápidamente, que sí. Ellos "miraban" la situación de la sociedad de su tiempo y la condición de los más desfavorecidos y, enseguida, "veían" el estado de las relaciones de su gente con Dios. Estaban acostumbrados a mirar la vida con unas gafas que sólo proporciona la fe en Dios y caían en la cuenta de las causas y sus consecuencias. Nosotros, que hemos disfrutado en los últimos cuarenta años de un nivel privilegiado de vida, no hemos caído en la cuenta de que eso era sólo un espejismo, una excepción.

Hemos sido la generación más privilegiada, económicamente, de toda la historia de la Humanidad, pero no hemos sido conscientes ni dichosos, sólo consumidores. Ahora lamentamos la crisis y pedimos a Dios que nos devuelva, rápidamente, a la situación anterior y poder seguir celebrando la Navidad al estilo de los grandes centros comerciales. No hemos aprendido nada y, lógicamente, estamos inmersos en una crisis sicológica porque no nos reconocemos sin los bolsillos llenos de alegría y liquidez.

¿Nos ha abandonado Dios?, preguntaban los antiguos a los profetas. Vosotros le habéis abandonado corriendo detrás del dios que brilla y seduce pero atrapa y somete.

¿Volverá Dios? Estad con los ojos muy abiertos, mirad con detenimiento lo que ocurre a vuestro alrededor, entended el mensaje que nos llega a través de la crisis, no cerréis los ojos a lo que viene. No añoréis el pasado, no volverá.

¿Puede un Padre abandonar a sus hijos sin importarle para nada la situación en la que se encuentran? Dios no abandona, pero puede tener un criterio diferente para "mirar" el mundo y nuestra condición. Quizá quiera cambiar, pero no las cosas sino a nosotros.

Dios siempre viene a la historia humana para hacer posible el cambio, para hacernos más personas, más adultos, más maduros, más solidarios, más sensibles al sufrimiento ajeno. El consumo nos estaba haciendo infantiles e inmaduros, nos encerraba en un materialismo exagerado. Esta crisis es la gran ocasión para cambiar nuestro modo de ser y de mirar. Pero hay que aprovecharla sin dejarla pasar. "Miremos", pues, el momento. Abramos los ojos y "veamos" la vida con fe. Podremos descubrir a Dios entre nosotros, trabajando, no por el PIB, sino por nosotros. Jesús nos invita a esperar con esperanza más que con ansiedad.

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