| Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A, 6 de noviembre de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 04 de Noviembre de 2011 17:58 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Sb. 6,12-16), "Encuentran la sabiduría los que la buscan". · Segunda lectura, (1 Tes. 4, 13-17), "Para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza". · Tercera lectura, (Jn. 2, 13-22), "Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora".
El tiempo
Nunca hemos valorado tanto el tiempo como en la actualidad. Es como si se nos escapara de las manos insensiblemente. Tenemos la sensación de que nos faltará tiempo para disfrutar de todo lo que la vida nos ofrece. Por eso cada día somos más exigentes con los horarios. La puntualidad se está convirtiendo en una especie de obsesión. Queremos tener un horario fijo. Por eso no nos debe extrañar que también Dios tenga su propio horario, lo mismo para la última llegada, como para la que nos atañe a cada uno, pero con la salvedad de que no nos lo ha dicho. La fecha y la hora está en nuestra agenda personal de bolsillo, pero nosotros no la tenemos señalada. Sabemos que llegará pero no sabemos cuándo. Esto fue lo que interpretaron mal los primeros cristianos, que se empeñaron en señalar día y hora para la llegada del Señor y como llegaba con retraso, no llegaba, algunos se dedicaron a vaguear. Contra ellos dice San Pablo aquello de que "el que no trabaje que no coma". Y la parábola de hoy, viene a dejar claro que lo importante no es saber la hora, sino el estar preparados para cuando llegue el Señor. Que lo importante no es estar en la sala de espera del tren, sino tener comprado el billete, para montar en el tren en cuanto llegue. Porque si cuando llega se va uno a comprar los billetes, como las muchachitas atolondradas se fueron a comprar aceite, lo único que van a ver es el farolillo rojo del vagón de cola del tren que se aleja, dejándolas en el andén. Y no es sólo eso porque el aceite de las lámparas tiene otra enseñanza. Y es que ese aceite no se vende en supermercados ni en tiendas de ultramarinos. Y menos a medianoche. Sino que tiene que ser aceite de fabricación casera. Aceite que cada uno tiene que haber fabricado con sus propias manos…
Que en cuestiones de fe y de entrega al Señor no hay posibles suplencias: no digas que tienes una tía monja que es una santa, un hermano sacerdote o que rezaste infinidad de rosarios con tu madre; que toda tu familia es muy católica y que tu hija trabaja de catequista en la parroquia. Es pedir prestado el aceite de los otros. Y tu lámpara sin aceite. Lo mismo que no nos podemos vestir con plumas ajenas, nuestra lámpara no luce con aceite de otros. Necesitamos llenar nuestra lámpara con el aceite de la fe, con esa fe que es fiarse de Dios a ciegas. Y la confianza en él es algo muy personal. Para entrar en el banquete del Reino hay que ser amigo del novio, que es el Señor, y esa amistad no se impone, nace del corazón. Lo mismo que Diógenes, con una lámpara encendida, buscaba a un hombre en el ágora de Atenas, entre la multitud, también nosotros, con la lámpara de nuestra fe, hemos de buscar a ese hombre Jesús en medio de la multitud. Ahí está; insistamos en buscar al amigo que nunca nos falla, que nunca nos va a jugar una mala pasada, que va a estar junto a nosotros, hombro con hombro, al amigo que en realidad está sentado a nuestra puerta esperando que le abramos. Pero para encontrar a ese particular Amigo en medio de tantos que se dicen amigos, hay que tener encendida la lámpara de la fe que nos ayudará a encontrar ilusión en nuestra búsqueda, afecto a todos los que se mezclan y se confunden con Él, la alegría de sentirnos cerca de Él. No dejemos que el egoísmo, el desengaño, la mediocridad, la falta de horizontes apague nuestras lámparas, porque si así sucede, nuestra vida se convertirá en una aburrida sala de espera, donde lo más que haremos será hojear con desgana revistas atrasadas. Símbolo de nuestro diario atolondramiento. Encendamos la lámpara de la constante vigilancia. |
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