| Domingo XXX del Tiempo Ordinario, ciclo A, 23 de octubre de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 21 de Octubre de 2011 18:07 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Ex. 22, 20-26), "Si explotas a huérfanos y viudas, gritarán a mí, y yo los escucharé". · Segunda lectura, (I Tes. 1, 5c-10), "Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca". · Tercera lectura, (Mt. 22, 34-40), "Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
En la Jornada del DOMUND
Hoy día, todos vivimos más informados que nunca de los problemas que sacuden a los pueblos de la tierra. Y sin embargo, tenemos el peligro de vivir de manera excesivamente localista y con horizontes muy estrechos. Estamos viviendo con tal intensidad los problemas de nuestro pueblo, de nuestra familia, que terminamos olvidando la trágica situación de tantos otros. Al sufrir en nuestro propio suelo la tragedia de la violencia, podemos permanecer insensibles a las guerras que destrozan a otros países. Amenazados gravemente por la crisis económica y sintiendo en nuestro propio hogar la plaga del paro, es fácil olvidar el hambre que asola al Tercer Mundo. Son tantas las necesidades que percibimos en nuestras comunidades que podemos olvidar nuestra solidaridad con otras iglesias más necesitadas y nuestra responsabilidad en impulsar la acción evangelizadora en el mundo entero. Pero hay mucho más: no es difícil observar entre nosotros los rasgos más característicos del individualismo moderno. Este individualismo moderno está cambiando la vida de los creyentes de occidente. Poco a poco, se va difundiendo una «moral sin mandamientos». Todo es bueno si no me hace daño. Lo importante es ser inteligente y actuar con habilidad. Naturalmente, hay que respetar a todos y no perjudicar a nadie. Pero nada más. El resultado es una clase media instalada en el bienestar, compuesta por individuos respetables que se comportan correctamente en todos los órdenes de la vida, pero que viven encerrados en sí mismos, separados de su propia alma y apartados de Dios y de sus semejantes. Ante esta desanimante situación hemos de esforzarnos por descubrir con más claridad que en una fraternidad vivida desde la fe, no hay contradicción entre el amor a la propia familia, al propio pueblo y la solidaridad con los demás pueblos de la tierra. Precisamente, cuando se ama de verdad al propio pueblo y se van sufriendo día a día sus luchas, decepciones, errores e incomprensiones, es entonces cuando se puede amar a otros pueblos maltratados, sintonizar mejor con sus problemas y solidarizarse con sus tragedias. Cuando uno sufre en su corazón de creyente la pobreza y las limitaciones de la propia Iglesia, entonces puede entender y solidarizarse mejor con el esfuerzo de tantas iglesias desbordadas por la tarea evangelizadora. Hoy la celebración del DOMUND nos exige que nos preguntemos cuál es nuestra preocupación evangelizadora y cómo estamos viviendo la solidaridad con otros pueblos y otras comunidades cristianas. Pero no tendría sentido pretender colaborar a la evangelización universal con una aportación económica sin sentir la urgencia de participar responsablemente aquí en extender la fuerza liberadora del evangelio en nuestro propio entorno. Un verdadero creyente es un hombre que sabe irradiar, aunque sea de manera modesta y humilde, la fe y la esperanza que animan su vida. Comencemos pues nosotros, creyentes de toda la vida, por dar este testimonio a los que cada día conviven con nosotros. Los que cada día esperan mucho más de nosotros.
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