| Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de Octubre de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 14 de Octubre de 2011 18:08 |
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Mensaje de las lecturas
· Primera lectura, Is. 45, 1, 4-6) "Llevo de la mano a Ciro para doblegar las naciones". · Segunda lectura, (I Tes. 1, 1-5b) "Recordamos vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza". · Tercera lectura, (Mt. 22, 15-21) "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
El Evangelio, elemento transformador de las realidades humanas
Todos sabemos que Jesús fue un ciudadano de un Estado concreto y también que vivió integrado en una sociedad temporal gobernada por un poder civil. Sin embargo es sorprendente la actitud grandiosa de comportarse como hombre totalmente libre frente a los poderes de su época, ante toda ley, religiosa o civil. Él era libre, independiente, capaz de proclamar su nueva doctrina a los que libremente quisieran oírla, sin imposiciones, siempre respetando la libertad de los demás. En su respuesta sobre el impuesto al César, no sacraliza la autoridad del que manda, pero sí le reconoce su derecho, como es natural y defiende la obediencia como un deber ciudadano, siempre que el poder civil se limite al ordenamiento del bien común de la sociedad. Aquí es muy necesario saber distinguir claramente los diversos campos que constituyen la vida del hombre, atribuyéndole a cada uno su propia competencia. En la tradicional controversia, tan de moda en nuestros días, que si ciudadanos del mundo o miembros de la Iglesia, que si ley de Dios o leyes de los hombres, que si separación entre lo temporal y lo espiritual, muy pocas frases han sido tan manoseadas o manipuladas, tanto dentro como fuera de contexto, como la frase de Jesús "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". En una lectura muy superficial, tanto unos como otros, la han convertido en el lema de una guerra de banderas, de posiciones incontestables. Pero este evangelio, aunque hay que asumirlo desde una invitación al Reino, no podemos reducirlo a un contexto estrictamente espiritual, sin referencia a este mundo, donde el evangelio ha de ser fermento de la sociedad, elemento transformador de las realidades humanas. Dios está por encima de esas realidades y su espíritu alienta en los creyentes para que lleguen a conseguir la construcción de ese Reino de justicia, de amor y de paz. Y es el mundo el escenario donde los cristianos estamos insertos. Nuestro mensaje, que es el de Jesús, va dirigido a todos los hombres, a toda la sociedad, a esa realidad que ha de ser transformada por Dios.
El evangelio transmite unos valores éticos-religiosos de los que se derivan las exigencias de una vida comunitaria ideal: la igualdad entre los hombres, el respeto a la libertad de conciencia, el derecho de los padres a la formación integral de sus hijos, la eliminación de las desigualdades injustas, de la discriminación, la preocupación por los que más sufren, etcétera. No se puede arrinconar el evangelio reduciéndolo a lo simplemente privado, o a los reductos de las sacristías, porque tenemos que llevarlo allí donde los hermanos viven y sufren. Un evangelio para la vida. Son muchos los que estamos cansados y defraudados de la política como único cauce de solución de los problemas humanos. Por eso tenemos que implicarnos y tomar postura ante los graves problemas que hoy plantea la justicia en el mundo y colaborar en la realización del bien común. Dice un autor que hasta el final de los tiempos se estarán acuñando monedas, por eso sería un juego entretenido buscar el rostro de cada una, para encontrar en alguna el verdadero rostro de la libertad, de los derechos humanos, de la solidaridad, de la fraternidad. Hermanos: que nuestra autenticidad, nuestra denominación de origen, se descubra en la lucha denodada por un mundo más justo. No caigamos en la tentación de arrinconar a Dios en las sacristías, como desean algunos. Las exigencias del evangelio han de ser fuente permanente de transformación en todos los órdenes de la vida. Ésa es nuestra responsabilidad; eso es lo que Dios quiere de nosotros. |
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