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DOMINGO XVIII del Tiempo Ordinario Ciclo A. 31 VII 2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 29 de Julio de 2011 19:09

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Is. 55,1-3), "Venid, comed sin pagar").

· Segunda lectura, (Rom. 8,35-39), "Nadie podrá apartarnos del amor de Dios".

· Tercera lectura, (Mat.14, 13-21),"Comieron todos hasta quedar satisfechos".

 

No basta la mera compasión

 

En el evangelio que proclamamos este domingo se pueden descubrir varios contrapuntos bastante interesantes: Jesús que se retira a alta mar para descansar y orar en las aguas de sus preferencias, las del Tiberíades, y de pronto se ve rodeado de una gran muchedumbre que lo reclama para escuchar su palabra. Una muchedumbre que se olvida de la comida, pero que al final del día siente mucha hambre. Unos apóstoles que deciden enviar a la gente a las aldeas cercanas para proveerse y un Jesús que les dice que le den ellos de comer. Mucho más de cinco mil personas sentándose en la hierba, dispuestos a comer y sólo tres panes y dos peces que generosamente entrega un joven que con seguridad también tenía hambre. Un muchacho que se queda sin nada y que vuelve a casa con varios cestos de panes y de peces. El asombro de la gente y de los apóstoles y la tranquila naturalidad de Jesús, que sabe muy bien que lo que está ocurriendo no es fruto de la imaginación sino consecuencia de la fe. Son muchos e interesantes contrastes dignos de una profunda reflexión. Pero, a pesar de los contrastes, algo flotaba en el ambiente que los unía, que aglutinaba todos aquellos ánimos: era el ansia de estar cerca de Jesús, el deseo de verlo y escuchar su nueva doctrina. Todos habían recorrido los mismos caminos duros y polvorientos, todos con la misma sed y la misma hambre, todos, como aquel muchacho, dispuestos a poner en común lo poco que llevaran…Todos con la misma fe puesta en Jesús. Lecciones interminables del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, el único que narran a la vez los cuatro evangelistas. Lecciones válidas para todas las épocas de la Historia, pero lecciones urgentes para los tiempos difíciles que nos han tocado vivir.

Sabemos que hay millones de seres que no tienen qué comer. Sabemos también que existimos millones de seres que al sentarnos a la mesa no nos falta de nada. Banqueteamos alegremente por cualquier motivo. Si se contabilizara la comida que nos sobra en la fiesta del Nacimiento de Jesús y en las celebraciones de las primeras comuniones, en nuestras naciones cristianas, llegaríamos a saber los miles de niños que salvaríamos de la muerte con lo que se pudre en los contenedores del primer mundo. Y lo más indignante de todo es que los dirigentes de los países donde la gente se muere de hambre también banquetean alegremente como si el problema no fuera con ellos. Siempre tendrán amigos que les ayuden a mantener tan saludable costumbre.

Jesús, en la orilla del mar de Galilea, no se contentó simplemente con chasquear los dedos haciendo aparecer como por arte de magia panes y peces a voluntad. Preguntó a sus discípulos qué tenían; invitó a compartir lo poco que tenían: cinco panes y dos peces. Y se hizo el milagro. Es archisabido que, al menos desde el punto de vista alimentario, nuestra tierra tiene capacidad para mantener a más miles de millones de seres humanos que los actuales. No nos dediquemos pues a acusar a Dios de no proporcionar pan suficiente para todos, cuando cada año destruimos millones de toneladas de provisiones alimentarias, que llamamos «excedentes», para no bajar los precios.

Con madura responsabilidad cristiana hemos de preguntarnos a qué nos urge la escena evangélica de este domingo, en la que percibimos como mar de fondo el clamor de los necesitados. Jesús no se quedó en mera compasión; más todavía, ni siquiera se contentó con saciar el estómago de la pobre gente que le buscaba y escuchaba. Él se les entregó personalmente porque sólo Él es el pan de vida que sacia definitivamente el hambre del ser humano. Tal responsabilidad es condición para que nuestras misas no sean una farsa cultural sino celebración auténtica de la Eucaristía comunitaria, prefigurada en la multiplicación de los panes y de los peces por Jesús para la muchedumbre hambrienta.

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