| Domingo VI de Pascua, Ciclo A, 29 de mayo de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 27 de Mayo de 2011 19:40 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Hch. 8, 5-8; 14-17), "La ciudad se llenó de alegría. · Segunda lectura, (1P. 3,15-18), "Como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida". · Tercera lectura, (1Jn. 14, 15-21), "El mundo no puede recibirlo porque no lo ve".
La paz de Jesús no es la que da el mundo
Jesús, en sus apariciones después de la Resurrección, siempre saludaba con su paz. En el Concilio Vaticano II, en la preparación del documento "Gaudium et spes", al hablar de la naturaleza de la paz, los primeros redactores se limitaron a repetir la definición de San Agustín: "tranquilidad del orden". Inmediatamente, tanto los especialistas en Sagrada Escritura como los nuevos planteamientos de algunos obispos del tercer mundo, mucho más sensibles y exigentes, obligaron a devolver a la redacción aquel borrador tan pobre, porque, al decir «tranquilidad del orden» parecía estar consagrando el orden establecido, orden que casi siempre es injusto, basado muchas veces en la opresión y la represión. Un orden que privilegia a quienes están arriba a costa de perpetuar la desdicha de quienes están abajo. Al final, la redacción quedó así: "La paz no es una mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas contrarias, ni nace de un dominio despótico, sino con razón y propiedad, se define la obra de la justicia (Is. 32, 7). Es el fruto de un orden puesto en la sociedad humana por su divino Fundador y encomendado a los hombres que ambicionan realizar una justicia más perfecta". El trabajo por la paz no consiste en "acciones pacíficas" para apaciguar a la gente. Una cosa es la paz y otra la tranquilidad. Decía Romanones que "tranquilidad" viene de "tranca"; cerramos la puerta, echamos la tranca y aquí paz y después TV. Trabajar por la paz no es una tarea uniforme. Allí donde exista un orden injusto hay que perturbar la «tranquilidad del orden». Así se entiende la paradoja de Jesús: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» La paz siempre tiene que ser fruto de la justicia. Pero, por desgracia, predomina la injusticia. Injusticia por el instinto de poder. Nos conduce a una tremenda y constante competición para dominar y prevalecer sobre los demás. Utilizando las armas de la cultura, del dinero, de las influencias. Injusticia por el instinto de tener. Nos lleva a una lucha despiadada por conseguir lo que ambicionamos, y por defenderlo una vez conseguido, sin estar nunca satisfechos ni seguros. Se utiliza la astucia, la violencia, el engaño. El hombre se hace frío y duro, sin entrañas. Injusticia por el instinto de placer. Sólo busca su satisfacción, caiga quien caiga. Convierte a las personas en puros objetos. Destruye a la persona, la instrumentaliza. Injusticia por la cultura de la violencia, la que nos llega a través de las pantallas y los medios de comunicación. Son multitud a los que les extasían las películas de guerra, de pistoleros, de matones, de mafiosos, de todo tipo de bandidos. Hasta el deporte lo convertimos en violento. Injusticia es la injusticia —valga la redundancia— y todo tipo de egoísmo, que dan origen a las desigualdades, opresiones, subdesarrollo. « ¡Atención, hombre, hermano mío! La violencia número uno es la miseria» (H. Cámara). Cada atropello de los derechos del hombre es una declaración de guerra. Nuestro término paz es demasiado pobre. Jesús, naturalmente, usaba la palabra hebrea shalom, término demasiado rico para que lo traduzcamos simplemente por tranquilidad o carencia de guerra. Shalom significa una paz tan verdadera y rica, que sólo puede traducirse mediante la suma de nuestros conceptos de "paz" y de "justicia"; significa la prosperidad, la fraternidad, el derecho y la justicia. Esta es la paz que Jesús da, que Jesús deja, muy distinta de la que el mundo ofrece. Cuando, en la misa, "damos la paz" al que tenemos al lado, sea quien sea (porque se dan casos de dar una paz "selectiva"), pues a ése que tenemos al lado queremos decirle: "te deseo prosperidad, alegría, felicidad"… La séptima bienaventuranza podemos enunciarla de esta manera: "Dichosos los que trabajan por la felicidad de los hombres. Porque, a ésos, los llamará Dios hijos suyos». |
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