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Domingo V de Pascua. Ciclo “A”. 22 de mayo de 2011 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 20 de Mayo de 2011 16:33

Mensaje de las lecturas

 

· Primera lectura, (Hch. 6,1-7), "En Jerusalén crecía mucho el número de discípulos".

 

· Segunda lectura, (I P. 2,4-9), "Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada".

 

· Tercera lectura, (Jn. 14,1-12), "Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?".

 

En la imagen de Jesús reconocemos el verdadero rostro de Dios

 

En repetidas ocasiones le hemos escuchado a Jesús frases que, incluso a nosotros los creyentes, a veces, nos dan vértigo. Como: "Yo y el Padre somos uno"; "El que me ve a mí está viendo al Padre"; "Yo estoy en el Padre y el Padre en mí"; "Nadie va al Padre sino por Mí". Es decir, que cuando miramos a ese Jesús que es carne de nuestra carne, uno de nosotros, estamos viendo a nuestro Padre Dios. El domingo pasado nos dijo que Él era la puerta, pero vemos que es mucho más: es la estancia, es el redil, es el camino, la verdad y la vida. En Él nos podemos ver inmersos en ese mar insondable de la divinidad.

 

La idea de Dios, el rostro de Dios a través de los siglos, había sido deformado por los hombres representándolo con rostro cruento, deseoso de víctimas inocentes. Dios terrible y vengativo, Dios violento que reina en el terremoto y en el trueno, el Dios que antepone la justicia a la bondad y a la misericordia. Pero se ve que nuestro buen Dios no estaba satisfecho de la descripción y de la propaganda que los hombres hacían de Él. Por eso quiso manifestar sensiblemente su verdadero rostro a los hombres para que a través de lo visible llegáramos al amor de lo invisible. A través de Jesús llegáramos a conocerle mejor. "El que me ve a Mí, ve al Padre". Y ahí tenemos a un Jesús que mira con clemencia a la adúltera, que acoge con cariño a los pecadores, que abraza y bendice a los niños, que mira con afecto al joven rico; al Jesús que derrama lágrimas por la muerte de su amigo Lázaro, al Jesús que sólo es capaz de llenarse de ira cuando tiene que enfrentarse con los hipócritas. Y en esa imagen de Jesús tenemos que reconocer el verdadero rostro de Dios y por eso cuando afirma Jesús que Él es la Verdad, nos está diciendo que Él es el auténtico retrato de su Padre, que no es un impostor, porque nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.?

A nosotros nos cuesta trabajo entenderlo porque estamos perdiendo el sentido de lo verdadero, de lo bello, de lo hermoso. En la actualidad parece que no sabemos gozar de lo que es bello, hemos perdido el norte de lo que es la verdad y nuestra brújula anda mareada entre la verdad y la mentira. Hemos prostituido lo bello, como hemos envilecido el amor. Lo chabacano, lo vulgar, la carnaza insolente y repintada para disimular las arrugas del tiempo. Y con eso hemos vuelto a embadurnar y difuminar el verdadero rostro de ese Dios que nos sigue desde la grandeza del mar, la pureza del cielo, la blancura de la nieve, la frescura del arroyo, la delicadeza de la flor del campo, los ojos inocentes de los niños, el rostro afable de los ancianos. Hoy más que nunca tenemos que volver los ojos a ese Jesús que es el rostro bello, sonriente y cariñoso de nuestro Padre Dios. Como han hecho los santos en los momentos de mayor corrupción de la historia, como lo hizo el enamorado de Cristo, San Francisco de Asís, que trajo la verdadera reforma a la Iglesia de la Edad Media y la renovación del espíritu cristiano de su tiempo. O como Teresa de Ávila, que no acertó en el camino hacia Dios hasta que se encontró con la Humanidad de Jesús. Es muy importante tener en cuenta que Jesús murió por ser testigo fiel del verdadero Dios, en una situación en que los hombres no querían a ese Dios, sino a otro. Si nosotros optamos por un Dios distinto del que nos ha mostrado Jesús, su vida, su muerte y su resurrección habrían sido un fracaso. Por eso cada uno de nosotros debe reafirmar:"Mi Dios es el Dios de Jesús, el único verdadero".

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