| Domingo III de Pascua, 8 de mayo de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 06 de Mayo de 2011 18:59 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Hch. 2, 14, 22-23), "La muerte no podía tenerlo bajo su dominio". · Segunda lectura, (1P. 2, 17-21), "Os rescataron a precio de la sangre de Cristo". · Tercera lectura, (Lc. 24,13-35), "Lo reconocieron al partir el pan".
Los de Emaús
El mismo Jesús había anunciado lo que ya estaba escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas» Y así fue. El pastor fue herido malamente por una manada de lobos; fue en la noche, con el poder de las tinieblas. Ahora vemos a los discípulos dispersarse con una angustiosa sensación de miedo y fracaso. Podemos seguir la pista de dos de ellos, los que caminan hacia Emaús. El camino de Emaús es el camino del desencanto, de la evasión, de los recuerdos tristes. El camino de Emaús es el camino de los que esperaban. «Nosotros esperábamos».Nosotros esperábamos «que él fuera..., que él librara a Israel...». Nosotros esperábamos la libertad plena, el Reino de Dios, la realización de nuestras utopías: la paz y la justicia. Esperábamos. Todas aquellas esperanzas se han convertido en frustraciones y amargas desilusiones. Ahora lo mejor es olvidar, descansar, alejarse del mundo, retirarse a la finca privada, a la propia intimidad. Hoy, estos discípulos tienen cantidad de imitadores, son incontables los que andan por el camino de Emaús, quizá el más frecuentado. Fijaos en un fin de semana o en un principio de vacaciones: la gente, como loca, huye de la ciudad y del trabajo, del esfuerzo y del compromiso, van hambrientos de soledad y descanso, necesitados de evasión y de olvido, y son millones. Emaús es hoy el chalet, la playa, la excursión; es el vídeo, la discoteca o el fútbol. Emaús es hoy la abstención, el desencanto, el pesimismo. Emaús es hoy el sofá, el narcisismo, el refugio. Emaús es hoy el espiritualismo evasivo, el tradicionalismo a ultranza, la búsqueda de seguridades. Esperábamos, pero se ha llegado al fin de la ilusión del progreso ilimitado, al crepúsculo de todas las utopías, al escepticismo ante los proyectos revolucionarios, a la risa ante palabras grandilocuentes. Se desconfía de los ideales de la ilustración y aun de la misma razón; se niegan todos los fundamentalismos, se rechazan los «grandes relatos», como las cosmovisiones filosóficas, políticas y religiosas. Esperábamos que se lograría un mundo más justo, que la verdadera democracia fuera posible, que el desarrollo económico nos haría felices, que el desarrollo cultural nos haría más humanos. Esperábamos, pero todo sigue igual o quizá peor. Esperábamos. ¿Han muerto las esperanzas? Importa disfrutar de la rosa que hoy existe. Olvidar todo lo demás. 2. ¿De qué habláis en el camino? Hablamos de las cosas que pasan. Si ahora el Señor nos preguntara sobre lo que hablamos en el camino, ¿qué podríamos responder? Mira, Señor, hablábamos de las cosas que pasan. Hablábamos de la crisis, de las últimas salvajadas terroristas, de la política, de los problemas económicos: el paro, los precios, la vivienda, los gastos. Hablábamos del gobierno, de la TV, de los deportes. Hablábamos de los problemas del mundo -¡son tantos!-. Hablábamos de los jóvenes, de los artistas, de los curas. Hablábamos de las drogas y de las modas... "Entonces Jesús les dijo". Necesitamos que Jesús nos hable también a nosotros y nos explique las Escrituras, que se refieren a Él. Nos dirá que somos muy torpes y que no tenemos fe, que no acabamos de comprender que Él nos acompaña siempre en el camino y que nunca nos deja solos en nuestras pruebas, que nos apoyamos únicamente en nosotros y nos fiamos demasiado de nuestras fuerzas, que debemos fiarnos más de Él, porque Él ha vencido. Y nos enseñará la necesidad de la cruz y el valor redentor del sufrimiento, camino necesario para llegar a la libertad y crecer en el amor. "Quédate con nosotros". Sin Él todo resultaba vacío y triste. Si Él se va, la noche se echa encima. Él está deseando que le invitemos. Después de las palabras vendrán los gestos amistosos, el partir el pan y la entrega. Esto aclara definitivamente las cosas. Cuando se parte el pan, cuando desaparecen los egoísmos, cuando compartimos la amistad, es cuando se nos abren los ojos y podemos reconocer a Cristo; es cuando, de verdad, Cristo se hace presente y vuelve la alegría, el entusiasmo, la esperanza; es cuando los demás pueden reconocer a Cristo entre nosotros. A Cristo se le conoce al partir el pan, porque Cristo es pan que se parte y se comparte. Así, el cristiano tiene que ser pan para el mundo. |
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