| Domingo cuarto de Cuaresma, 3 de abril de 2011 |
|
|
|
| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Lunes, 04 de Abril de 2011 17:58 |
|
Mensaje de las lecturas · Primera lectura: (I Sam. 1b, 6-7,10), "Dios no ve como los hombres; el Señor mira el corazón".
· Segunda lectura: (Efs. 5,8-14), "En otro tiempo erais tiniebla, ahora sois luz en el Señor".
· Tercera lectura: (Jn.9, 1-41),"He venido para que los que no ven, vean". Abrir los Ojos
Posiblemente, bastantes juzgarán excesivamente negativa la afirmación de que «nuestra vida es, en gran parte, una mentira». Que nos gusta cerrar los ojos a la realidad. Es cierto que hay en nosotros momentos de honradez, lealtad y franqueza, y, sin embargo, es también cierto que, de alguna manera, nos mentimos a nosotros mismos a lo largo de toda la vida. Con esto no queremos decir que nos pasemos la vida falseando los hechos o tratando de engañar a los que nos rodean, o de timarnos los unos a los otros; se trata de algo más sutil y profundo: lo podríamos llamar «inautenticidad de nuestra existencia». Nuestra vida consiste, en gran parte, en eludir responsabilidades. No queremos enfrentarnos a lo que nos obligaría a cambiar. No queremos reconocer nuestras equivocaciones y nuestro pecado. Quizás no obramos con mala intención. Sencillamente eludimos lo que nos urgiría a vivir con más verdad. No escuchamos las llamadas que nacen desde nuestra conciencia, invitándonos a ser mejores. Pasamos de largo ante todo aquello que cuestiona nuestra vida. No mentimos con nuestra boca, pero mentimos con nuestra vida. Preferimos seguir cerrando los ojos y el corazón. Tal vez, proclamamos los grandes ideales de «verdad», «justicia» y «paz» para otros. Pero nosotros no damos ningún paso para transformar nuestra vida. Entonces corremos el riesgo de limitarnos a «vegetar». Casi sin advertirlo, nuestra vida se va haciendo monótona e insulsa. Tratamos de reavivarla con mil distracciones y proyectos, pero la monotonía va envolviendo lentamente toda nuestra existencia de tedio y vaciedad. El que no vive su vida desde su verdad más honda, puede conocer el éxito y el bienestar, pero no sabrá nunca lo que es la felicidad interior. Y la razón de este descontento es muy simple, aunque hoy casi todos lo olviden: el ser humano es incapaz de ser totalmente superficial. De ahí la necesidad de reaccionar y dejar brotar en nosotros esa «verdad interior» que, una y otra vez, pugna por abrirse camino en nuestra vida. No encerrarnos tercamente en nuestra ceguera. No obstinarnos en defender lo que es indefendible en nuestra vida. No seguir engañándonos por más tiempo. Abrir los ojos. El episodio de la curación del ciego de Siloé, del evangelio de hoy, nos recuerda que cuando un hombre se deja iluminar y trabajar por Cristo, se le abren los ojos y comienza a verlo todo con luz nueva.
Hoy es ocasión de pedir al Señor que cure nuestra ceguera, para que comencemos a ver todo de manera diferente. Si no caen las escamas de nuestros ojos, como de los de Pablo de Tarso, Agustín de Hipona y todos los convertidos de la Historia, seguiremos en nuestra ceguera de supuestos videntes. Que Cristo abra nuestros ojos a la luz de los valores evangélicos: la vida y el amor, el trabajo y la justicia, la convivencia y la solidaridad con los hermanos, para renovarnos en nuestra opción bautismal. |
Deportes
Ver + |
Otras noticias del Deporte
|








































































