| Domingo IX del Tiempo Ordinario, 6 de marzo de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Lunes, 07 de Marzo de 2011 17:28 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Deut. 11,18.26-28) "Meteos mis palabras en el corazón y en el alma". · Segunda lectura, (Rom. 3,21-25. 28.)"La justicia de Dios se ha manifestado independientemente de la Ley". · Tercera lectura, (Mat. 7,21-27.) "No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos". Construir nuestra fe sobre roca
Como podéis comprobar al escuchar el evangelio de este domingo, Jesús nos demuestra que Él distingue perfectamente lo verdadero de lo falso, lo sucedáneo de lo auténtico, lo de decir "Señor, Señor", de lo de hacer la voluntad del Padre. Sabe muy bien la diferencia que existe entre la ofrenda vacía y la misericordia, entre edificar sobre arena o construir sobre roca. Él nos está animando a realizarnos sobre la verdad, la autenticidad, a construir nuestra existencia, nuestra vida cristiana, sobre roca. Cuando, en nuestros ratos de ocio, nos situamos ante la pantalla, ya sea del cine o de la TV. habitualmente sabemos distinguir lo fingido de lo real. Lo que es un montaje, de lo sucedido realmente. No hace falta ser muy listos para darse cuenta que aquel edificio que se derrumba, aquellas murallas que escalan, son pura maqueta, decoración de cartón-piedra, fachadas prefabricadas. Pero también hemos contemplado edificios que se derrumbaban de verdad, como la famosa muralla de Berlín o las Torres Gemelas. Nosotros, igual que Jesús, sabemos que decir "Señor, Señor" sin hacer la voluntad de Dios, es pura trampa-cartón, pura fachada. Pero decir "Señor, Señor" y hacer su voluntad es edificar sobre roca. Vendrán las lluvias y los vientos, y el edificio seguirá de pie. Veamos, pues, lo que Dios espera de nosotros como constructores de los dos edificios principales que tenemos la responsabilidad de construir: el personal, ese edificio de nuestra propia existencia, la realización de nuestra vida individual, y el colectivo, el de nuestra familia cristiana, el de la Iglesia, a la que pertenecemos. Desde jóvenes sabemos que nuestra vida es como un edificio que hemos de construir día a día, con los materiales más nobles que encontremos. Con el muro estable de la inteligencia, con todos esos saberes que transmiten los padres, los profesores, la lectura y sobre todo esa maestra de la vida que es la experiencia. Levantar los pilares de la voluntad, formando el carácter, exigiéndonos disciplina, dominando las pasiones. Y necesitaremos también cultivar los sentimientos: la delicadeza y la ternura, la capacidad de admiración y la amabilidad, la solidaridad y la alegría. Pero con sólo virtudes humanas el edificio quedaría incompleto, hay que reforzarlo con las virtudes sobrenaturales, con toda la arquitectura de la gracia. Con la fe, la esperanza y el amor a la cabeza. Y hemos dicho que tenemos que ser también constructores de ese edificio social que es la Iglesia, esa Comunidad Cristiana, esa familia de Jesús a la que pertenecemos desde nuestro bautismo. En la Encíclica "Lumen Gentium" a la Iglesia se le llama "edificación de Dios". Y es el mismo Jesús quien se llama a sí mismo la piedra rechazada por los arquitectos, pero que fue puesta como piedra angular, sobre la que se ha levantado su Iglesia, siendo el mismo Jesús su firmeza y cohesión. Y a ese hogar, al que pertenece toda nuestra familia, se le ha dado diversos nombres: Casa de Dios, habitación de Dios, tienda de Dios, ciudad santa, nueva Jerusalén y, sobre todo, templo de Dios. Sobre esta roca, refiriéndose a Pedro, edificaré mi Iglesia, dijo Jesús. Es decir, no es una falsa fachada sobre arena, condenada a derrumbarse en cuanto lleguen los vientos y las lluvias, sino realidad sólida dispuesta a cumplir la voluntad de Dios, mientras nosotros proclamamos con el corazón, no sólo con los labios, "Señor, Señor". Hay dos maneras de pasarse la vida. Construyendo maquetas, fachadas, decoraciones de cartón piedra, falsas apariencias, o, por el contrario, colocando sobre la roca nuestros ladrillos, nuestra edificación, convencidos, naturalmente, de que la Roca es Cristo.
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