| Domingo Segundo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, 16 de enero de 2011 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Lunes, 17 de Enero de 2011 17:19 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Is. 49,3; 5-6) "Te hago luz de las naciones". · Segunda lectura, (Cor. 1, 1-3) "La gracia y la paz de parte de Dios al pueblo santo que Él llamó". · Tercera lectura, (Jn.1, 29-34) "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Desde el lunes pasado ya estamos inmersos en lo que la liturgia cristiana llama "Tiempo Ordinario". Son cuarenta y cuatro semanas, interrumpidas por la Cuaresma y la Pascua, y en las que no se celebra ningún misterio especial, pero sí se proponen distintos temas de la enseñanza de Jesús para que las meditemos. En la liturgia de hoy se nos ofrece la imagen de Juan, con el brazo extendido y el dedo señalando a Jesús y diciéndonos: "Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Esta postura de Juan, presente en la iconografía cristiana, es teológicamente mucho más expresiva que aquélla en la que aparece con la concha en la mano, bautizando en la ribera del Jordán. Es el auténtico gesto del precursor, del que tiene facultad para señalar al que ha de venir para salvarnos del pecado. Tema sugerente que nos invita a los creyentes a ser como el dedo indicador y orientador de los valores transcendentes, en un mundo de tantos desorientados, donde la increencia va ganando cada vez más terreno. Él supo identificar al Mesías. Descubrió a Jesús en los signos mesiánicos. Y es la única forma de descubrir a Jesús: a través de los signos mesiánicos. Por eso el Cristo actual, ese Cristo Místico, formado por todos nosotros, tiene la responsabilidad de realizar los mismos signos para que Jesús, con nuestro testimonio sea reconocido por todos. Pero los primeros que tenemos que conocer a Jesús somos nosotros. No debemos fabricarnos un Jesús a la carta, a la medida de nuestro capricho, o a la medida de nuestros criterios acomodaticios. A Jesús hay que buscarlo sinceramente y el único sitio posible donde podemos reconocerlo es en los evangelios y en el testimonio de los auténticos seguidores suyos. Juan, en este evangelio de hoy, nos ha presentado a Jesús como "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Al mundo de ayer y al mundo de hoy. Ése mundo que ni siquiera sabe reconocer sus pecados. Y los pecados de los que Jesús quiere redimirnos existen: porque existe la opresión de los inferiores, la discriminación, la explotación de los subordinados, todo lo relacionado con la caridad, la justicia y la moral. Pecados que no acaban de ser considerados en los esquemas de un buen examen de conciencia, o de una confesión bien hecha. Y es que muchísimos no se quieren convencer de que pecar es renunciar a ser humanos; es matar la esperanza; es dar muerte a la vida, a la paz, a la gracia. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la armonía y la fraternidad. Y no estoy hablando de conceptos abstractos, sino de realidades muy concretas que se dan en nuestra vida cada día. Si tuviéramos la valentía de reconocer nuestras debilidades más profundas, no las que reconocemos ante los demás sin avergonzarnos, sino las otras, entonces descubriríamos que Dios está de nuestra parte frente al mal. Que Jesús es el enviado del Padre que quita el pecado del mundo. Y así experimentaremos en nuestro interior una gozosa liberación que cambiará nuestras vidas. Experimentaremos el perdón que nos purifica y gozaremos del don de la paz y de la gracia que Dios concede a quienes le acogen con buena voluntad. |
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