| La Sagrada Familia |
|
|
|
| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Martes, 28 de Diciembre de 2010 17:17 |
|
El día 26 los creyentes cristianos celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. No quiero que este hecho pase desapercibido, por eso os invito a una reflexión. Habrán observado que la liturgia de estos días se ha preocupado de presentarnos a Enmanuel, al Dios con nosotros, a Jesús en un primer plano, muy bien definido; hoy abre más el objetivo para mostrarnos un plano mucho más amplio y detallado: nos presenta a sus padres, nos muestra su hogar y nos habla de los sinsabores y dificultades de la vida familiar. Y lo hace invitándonos a contemplar a aquella familia, de corte tradicional, casera y artesanal, y, contemplándola detenidamente, sirve de ejemplo y estímulo a todas nuestras familias cristianas. Porque el Pueblo de Dios está ciertamente preocupado por la situación de nuestras familias. Vemos familias deshechas por causa del divorcio, recurso fácil para la solución de problemas corrientes; familias en las que jóvenes inmaduros tienen que huir de sus padres porque ni les comprenden ni les acogen, familias que no son más que simples uniones de conveniencia, que no tienen en común nada más que la mesa y la habitación; tenemos que estar preocupados por esas familias donde no existe diálogo, ni comprensión, ni cariño, donde cada miembro se guarda para sí sus inquietudes, sus esperanzas, sus decepciones, porque el clima familiar es de desconfianza. Y esto es muy lamentable, pues, a pesar de la propaganda adversa con que es atacada la vida hogareña, la mayoría de nosotros sabe muy bien que la familia sigue siendo algo maravilloso, algo deseable, envidiable. Pero sólo la auténtica, la verdadera familia, no aquélla que es lugar de represión, en la que se ahoga y desaparece la personalidad de los hijos. Ni aquélla donde se ejerce tiránicamente la autoridad del padre, con un estilo dominante que hace que todos los de la casa lo miren como un dictador. Ni tampoco me refiero a ese lugar donde los hijos se convierten en pequeños tiranos que siempre quieren salirse con la suya, que lo exigen todo sin dar nada a cambio, ni siquiera cariño. Ésa no es la verdadera familia. La auténtica es aquélla en la que se puede dialogar, en la que podemos confidenciar con personas que nos quieren de verdad, el lugar donde todas las realidades, suma y compendio de la vida del hombre puedan darse unidas por ese lazo común que es el amor. La familia es el lugar donde encontramos nuestras raíces, al que volvemos la mirada cuando la vida nos da la espalda, el sitio de nuestros disfrutes infantiles, de nuestras primeras ilusiones, de nuestros anhelos juveniles. Pero para nosotros los creyentes cristianos que hoy nos reunimos como una gran familia para recordar el hogar de Jesús, la familia debe ser algo más. Debe ser el lugar donde ser realice, día a día, el quehacer cristiano fundamental, el lugar donde se manifieste el amor de Dios, la entrega generosa, la atención al más débil, al más apartado. El lugar donde nunca se abochornen a los padres, ni se abandonen, aunque estén chocheando. El lugar donde todos puedan convivir y disfrutar. Jesús vivió en el seno de una familia durante 30 años. Allí cultivó y practicó esas virtudes de la familia cristiana que la liturgia de hoy se nos propone como ejemplo a imitar. A Él, que tuvo esa experiencia de la vida familiar, debemos pedirle que nos ayude a reconstruir nuestras familias cristianas, para poderlas presentar al mundo como ejemplo y como regalo de esta Navidad. |
Deportes
Ver + |
Otras noticias del Deporte
|








































































