| Segundo domingo de Adviento, Ciclo A, 5 de diciembre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 03 de Diciembre de 2010 20:50 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Is. 11, 1-10), "Juzgará a los pobres con justicia". · Segunda lectura, (Rom. 15, 4-9),"Cristo salvó a todos los hombres". · Tercera lectura, (Mt. 3,5-12), "Convertíos porque está cerca el reino de Dios".
Construir la Paz
La liturgia de la Palabra de Dios en este segundo domingo de Adviento nos invita a reflexionar sobre el mensaje de dos grandes profetas: Isaías y Juan el Bautista. Isaías se nos presenta como el mensajero de la paz mesiánica, paz que supondría la instauración de un orden nuevo. Paz de los hombres con Dios, lograda por Jesús muriendo y resucitando. Paz entre unos y otros, pues en Él ha nacido la nueva fraternidad universal. Y paz también con la naturaleza: la era mesiánica restablece esa paz paradisíaca, de la que nos habla hoy Isaías, y que un día perdimos por causa del pecado. Es la misma paz que predica Jesús y que es fruto del amor y la justicia, de la bondad y de la justicia interior ante Dios, por nuestro nuevo nacimiento. Justicia que proviene de la misericordia de Dios, no de nuestros méritos, pero que la expresamos con nuestras buenas obras: promoviendo la igualdad, la fraternidad, el respeto a la ley y a los derechos humanos, en fin, practicando la caridad. Sólo así es posible la construcción de la paz. La paz no es un concepto negativo. Muchos creen que consiste en la ausencia de guerras, o en la eliminación de la violencia. Y no es así. La paz es algo concreto y positivo, es algo que se construye, que se crea, que se instaura. Por eso decimos con frecuencia: "Hay que construir la paz". Paz con Dios, teniendo buena conciencia, haciendo su voluntad. Paz con nosotros mismos dominando nuestro carácter, nuestro egoísmo, nuestras pasiones, en una palabra. Paz con los hermanos, fomentando la convivencia y el diálogo, sembrando la comprensión y el perdón. Y por último, tenemos que conquistar la paz familiar, fomentando la unión y el cariño entre todos los miembros de la familia, venciendo la diferencia de caracteres, de ideas y de sentimientos, con la comprensión y la caridad mutua. Sólo así podremos hacer realidad ese sueño del que nos habla Isaías en la primera lectura. Y no dejemos atrás a Juan el Bautista. Otro pregonero de ese mensaje de paz que nos traerá el Mesías, pero que sólo puede crecer, nos dirá, en el campo abonado por el espíritu de la conversión. Para pertenecer al Reino hay que dar frutos de conversión. Una conversión que suponga cambio radical de toda la persona, que sea como un lavado de cerebro a fondo, sin camuflajes ni distingos. Cambio de esquemas en el pensar-sentir-obrar, enfocando la realidad total desde la perspectiva de Dios. La Eucaristía, auténticamente celebrada, presupone siempre la conversión: - Como fase culminante de la vida cristiana, fase de encuentro personal con Dios. - Como presencia del Dios vivo entre nosotros, que nos introduce en el contexto de su vida divina. Lamentablemente, en la mayoría de los casos, esto no es más que una suposición, ya que nuestra vida diaria ofrece todos los síntomas de una vida cristiana muy rutinaria, saltándonos por alto el paso a la conversión. La Eucaristía de este segundo domingo de Adviento nos está pidiendo que sometamos a revisión-conversión nuestro modo de vivir. Si la Eucaristía no ha cambiado todavía nuestro modo de vida, es que somos nosotros los que hemos de cambiar el modo de celebrar la Eucaristía. En este tiempo santo de Adviento sería muy oportuno hacer una revisión de nuestra vida cristiana. |
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