| Festividad de Cristo Rey del Universo, 21 de noviembre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 19 de Noviembre de 2010 19:33 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (2S, 5,1-3), "Ungieron a David como Rey de Israel". · Segunda lectura, (Col. 1,12-20), "Él es el primero en todo". · Tercera lectura, (Lc. 23,35-43), "Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino".
Descubramos a Jesús despreciado, clavado
Si le preguntáramos a Jesús ¿acaso tú eres Rey?, nos pondríamos a la altura de Poncio Pilato. El "contemporizador" que por contentar a todos traicionó su propia conciencia, el despistado que no tuvo capacidad de descubrir en la mirada de Jesús la categoría del personaje que tenía delante. Aún existen personas que opinan que Jesús debería haberse tirado del alero del templo, a donde le llevó el diablo, desde el desierto, para dejar en ridículo a los que piensan que Jesús es un hombre cualquiera. No caigamos nosotros nunca en la tentación de elevar la mirada a la cruz ignominiosa y decirle al crucificado "Si eres el Mesías, el Rey de Israel, sálvate a ti mismo y a nosotros". Caeríamos en brazos de una fe sin mérito, esclava, una fe obligada por la fuerza de la evidencia del milagro esperado; una fe tranquila, conquistada de una vez para siempre. Sería la antítesis de la fe que nos exige Jesús. Que debe ser una fe libremente aceptada, una fe personalmente comprometida, una fe que supera las constantes dudas, una fe que diariamente nos interpela, nos estimula. Ni digamos, con el centurión,"Verdaderamente éste era Hijo de Dios", porque al cerrarse los ojos de Jesús, el día se ha cubierto de tinieblas, al exhalar el último suspiro la tierra ha crujido, ha temblado y se ha abierto. Sería la fe del que teme, del que se siente impotente ante la majestad divina. Y la fe que nos pide Jesús es la que nace de una total y serena confianza en nuestro Padre Dios. Aprendamos a descubrir a Jesús como ese personaje de la Pasión que a veces pasa casi desapercibido. Se llama Dimas, el buen ladrón. El que supo encontrar a Jesús, como Hijo de Dios, como Rey, en el momento más impropio y desconcertante. Cuando era ultrajado y despreciado, en el más ignominioso de los suplicios, ocupando lugar de malhechor. Es una fe difícil, pero en la cruz se encuentra la semilla de la verdadera vida. Repetidas veces se nos recuerda la afirmación de Jesús de que ha venido a buscar a los pecadores. Siempre le ha gustado su compañía. Jamás ha dejado de frecuentarles, a pesar de las protestas y el escándalo de las personas «de bien». Por eso también en la cruz, en los últimos instantes, se los encuentra cercanos, compañeros de suplicio. Hasta el final se rodea de súbditos «poco recomendables». Uno de ellos lo reconoce explícitamente como rey y se convierte en el primer ciudadano de su reino («Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso»). El buen ladrón (así se le llama habitualmente) no obtiene de Cristo la salvación física, como pretendía su compañero, sino la salvación total. Y, pasando con Él a través de la muerte, sigue a ese Cristo que se va a convertir en «el primogénito de entre los muertos» La historia del «malhechor» arrepentido puede ser así también como la narración de nuestra propia historia, si es que somos capaces de cambiar de vida, al descubrir al Jesús paciente que carga con nuestros pecados. También nosotros, tras este primer cliente original del Reino, formamos parte de un interminable cortejo formado por aquéllos que dan gracias al Padre porque «nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido». Que, en este día del Señor, la celebración de la Eucaristía produzca en todos nosotros una total identificación con Jesús, descubriéndolo sobre todo en los hermanos que sufren, como Él, desprecio, soledad, persecución, violencia y muerte. Como el buen ladrón, descubramos a Jesús desfigurado, despreciado, clavado…
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