| Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 14 de noviembre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 12 de Noviembre de 2010 18:41 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Ml. 3,19-20), "A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia". · Segunda lectura, (II Tes. 3,7-12), "Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo". · Tercera lectura, (Lc.21, 5-19),"Os perseguirán, todos os odiarán por causa mía".
"Todos os odiarán por mi causa"
Hemos escuchado claramente las palabras tajantes de Jesús:"Todos os odiarán por mi causa". Ninguno de nosotros ignora que, en esta actual etapa, nuestra Iglesia comienza a sufrir una solapada persecución por parte de los poderes públicos. Muchos católicos están desanimados ante esta realidad, porque no tienen en cuenta que no es precisamente la persecución lo que hace más daño a la fe. San Ambrosio decía:"Los gobernantes nos ayudaban más cuando nos perseguían que ahora que nos protegen". Tenemos que convencernos que las situaciones de calma, en las que la Iglesia funciona sin dificultades, son idóneas para convertir el cristianismo en algo "descafeinado" que a nadie inquieta, ni nos quita el sueño. En esta situación, la inercia nos lleva a la tentación de instalarnos, de mirar sólo hacia adentro, de interesarnos más por el orden interno posponiendo la preocupación por el servicio. Ponemos el acento de nuestra misión en nosotros mismos y, curiosamente, los problemas domésticos de la comunidad aumentan a pesar de que se les presta una mayor atención. Acabamos discutiendo por una genuflexión de más o una sotana de menos. Algo ridículo e hiriente en un mundo cargado de graves y vitales problemas. Para evitar al máximo estas deplorables consecuencias de la calma, hemos de avivarnos mutuamente la fe sacudiéndonos la rutina y la atonía, hemos de renovar la perseverancia en el compromiso y, sobre todo, hemos de redescubrir comunitariamente el lugar de nuestro servicio al hombre. Es necesario que la sal siga siendo sal y la levadura haga fermentar la masa y no sea ahogada por ella. Necesitamos una conversión permanente hoy más que nunca. El anuncio del Reino viene precedido de una llamada a la conversión. Éste era el criterio de la Asamblea de Obispos: "Para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el Reino de justicia, de amor y de paz. La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la afirmación de la necesidad urgente de un cambio de estructuras sino en la insistencia en la conversión del hombre, que exige luego ese cambio en la sociedad. No tendremos un mundo nuevo sin nuevas y renovadas estructuras; pero no habrá mundo nuevo sin hombres nuevos, que a la luz del Evangelio, sepan ser verdaderamente libres y responsables". El objetivo de la conversión permanente no es ella misma sino una verdadera disponibilidad para el servicio fraternal. No podemos olvidar que la autenticidad de nuestra fe se mide por nuestra donación a los hermanos. Éste es el test del cristiano. Una comunidad cristiana introvertida, replegada sobre sí, ya no sería la iglesia de Jesús, sino un círculo de hombres que coinciden en sus intereses.
Sentirse Iglesia es comprometerse a servir. Ser Iglesia no es ser socio de una entidad religiosa en la que se nos ofrecen seguridades para el tiempo y la eternidad, previo pago de ciertas imposiciones. Ser Iglesia es construir con otros creyentes una fraternidad en que todos comulguen con la misma esperanza y con la misma fuerza que los potencie para darse a los demás. En las situaciones "grises" y exteriormente aquietadas hemos de hacer un chequeo a nuestra fe y comprobar como puntos críticos nuestro entronque creciente con Jesús, verdadera vid, y nuestra proyección hacia personas y estructuras de nuestro mundo. Si la persecución, la impopularidad nos espolea, nos saca de nuestra desidia, de nuestra apatía, de nuestra rutina, bienvenida sea. Que la perseverancia en la fe y el espíritu de Jesús sean la fuerza propulsora de nuestro vivir. Digamos como los Apóstoles: "Señor, creemos pero aumenta nuestra fe".
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