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Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 24 de octubre de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 22 de Octubre de 2010 17:04

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Exo. 35, 12-14; 16-18).

· Segunda lectura, (2 Tim. 4, 6-8; 16-18).

· Tercera lectura, (Lc.18, 9-14).

 

Descubrir en la oración nuestra pequeñez

 

La conocida parábola del fariseo y el publicano, que nos presenta el evangelio de hoy, puede ser considerada como una síntesis del pensamiento de Jesús acerca del sentimiento religioso y de lo que constituye una auténtica actitud religiosa. La fuerza de la parábola radica en la contraposición de dos actitudes religiosas; es la parábola de los dos criterios: el criterio de los hombres y el criterio de Dios.

El fariseo se presenta ante Dios muy seguro de sí mismo, colocando delante, a modo de escudo, el cúmulo de sus buenas obras, de sus limosnas, ayunos y oraciones. Por eso da gracias a Dios: porque no es como las demás personas, porque ha conseguido en vida lo que otros no llegan ni a vislumbrar. Dios está ciertamente de su lado, porque él es fuerte, sabe controlarse, domina sus pasiones y no tiene nada que reprocharse. Ni siquiera podemos decir que el fariseo no sea sincero. El está convencido de lo que dice. Se siente bueno y por eso su orgullo es lógico. Era el orgullo de los judíos frente a los paganos a quienes santamente despreciaban. Es la bondad de los seguros, de los que ya no tienen nada que aprender, de los que han logrado la máscara perfecta, esa máscara con la que caminan por la calle pensando en Dios pero sin saludar a sus prójimos. Es que el fariseo es un hombre convencido de lo que hace, tan convencido que jamás podrá cambiar, simplemente porque él no tiene nada que cambiar, nada que modificar. Es un santo: que no se le hable de conversión ni de cambio interior. Eso es para los pecadores. El es de Dios y sólo escucha lo que Dios le diga. Y como normalmente Dios no le dice nada, porque su Dios es un fabricado a imagen y semejanza suya, el círculo de la trampa queda perfectamente cerrado.

(...) Jesús les llama ciegos, guías de otros ciegos, porque su santidad podía justificar el desprecio hacia el publicano, el odio hacia el pagano, la envidia hacia el profeta Jesús que gustaba verse rodeado de la gente sencilla. Por desgracia, la oración del fariseo sigue estando presente en nuestras iglesias. Y seguirá hasta que no comprendamos que las formas religiosas no son el objetivo del hombre sino solamente un medio para que el hombre pueda asumir su vida con libertad y creatividad.

El otro personaje de la parábola es el publicano. No es un hombre que acostumbre a rezar mucho ni poco. Sabe lo que quiere y no se preocupa por lo demás. Pero el día que decidió ir al templo para hacer su oración comprendió que aquello tenía que significar un comienzo de vida nueva y un cambio radical. Si no tenía nada que ofrecer a Dios ni nada de que vanagloriarse como religioso, al menos se presentaría como era, sin vestido de fiesta, sin esconderse detrás de una fórmula o de una promesa simulada. Descubrió su pequeñez, su pequeñez de hombre y, sinceramente arrepentido, pidió al Señor que le perdonara su pecado.

 

De la parábola debemos sacar la siguiente conclusión: que para nada sirve una oración que no salga de la verdadera realidad humana del orante. Pero tengamos en cuenta que también la parábola nos está diciendo cuánto puede costar partir de esta realidad cuando la estructura nos obliga a responder de determinada manera y cuando se confunde la religión con esas formas impuestas y preconcebidas.

Alcemos nuestras manos, para orar, pero siempre limpias de toda impureza.

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