| Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 17 de octubre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 15 de Octubre de 2010 18:12 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Ex. 17, 8-13), "Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel". · Segunda lectura, (Mt. 3,14; 4,2), "Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado". · Tercera lectura, (Lc. 18,1-8), "Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche".
La belleza de la oración vocal
Ya san Benito enseñaba a sus monjes: "Ora et labora". "Ni ores sin trabajar, ni trabajes sin orar". Desde entonces está claro que no estamos hablando de dos caminos, sino de un único y solo camino en el que se entrecruzan la oración y la acción, la reflexión y la lucha diaria. En la iglesia se ora, pero activamente, metiendo en la oración los trabajos y las preocupaciones del día. En la oficina, en el campo, en la fábrica, en la casa se trabaja, pero metiendo en el trabajo a Dios, porque "Dios está entre los pucheros", como decía acertadamente santa Teresa de Ávila. El hombre, por tanto, no fragmenta su vida diaria o el domingo en, por un lado, horas de trabajo y, por otro, ratos de oración. Digamos mejor que, cuando ora, está trabajando pero de otra manera, y, cuando trabaja, está orando, pero también de diferente modo. Así el cristiano experimenta y mantiene una gran armonía interior, dejando al margen toda división artificial, rechazando decididamente cualquier forma de ruptura y desarmonía. Porque hoy en día, efectivamente, hay peligro de caer en la herejía de la acción, porque son muchas las tareas y pocos los hombres y el tiempo para realizarlas. Tenemos el peligro de caer en la tentación de escuchar sólo a esa sirena que halaga los oídos con música de una acción febril que no deja espacio ni tiempo para Dios. En el extremo opuesto están los cristianos que son tentados por la herejía del quietismo, ese dejar que Dios haga todo sumergiéndose en una piedad misticóide, pasiva e infecunda. Ni una ni otra son posturas propias de un verdadero cristiano. Hagamos un esfuerzo por mantener el fiel de la balanza entre la reflexión y la lucha, entre la acción y la oración. Y no tengamos miedo a la oración vocal, aunque vaya pasando de moda en ciertos ambientes cristianos. La oración para que sea auténtica nace del corazón, pero se expresa con los labios. Por eso la más bella oración cristiana es una oración vocal, enseñada por el mismo Jesús: el Padrenuestro. La oración vocal es como una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir en palabras nuestros sentimientos más íntimos. Hay en la Iglesia bellísimas oraciones vocales, que aprenden los niños en la catequesis y que alimentan nuestra vida de fe a lo largo de toda la vida: además del Padrenuestro, el Avemaría, el "Gloria al Padre", el credo, la "Salve Regina". Oraciones que alimentan la piedad de los cristianos desde el inicio de la vida hasta su término natural. No olvidemos nunca esas bellas oraciones. La oración siempre es útil y necesaria porque siempre nos ayudará a aliviar la dureza de la vida recordando que tenemos un Padre. Algunos lo harán con palabras confiadas de creyente, otros con fórmulas repetidas durante siglos por muchas generaciones, otros desde un corazón que casi ha olvidado la fe. A todos escucha Dios con amor. Confiemos en Él. |
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