| Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Ciclo C, 10 de octubre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 08 de Octubre de 2010 17:48 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (2 R. 5,14-17), "Naamán se bañó en el Jordán como había ordenado Eliseo". · Segunda lectura, (2 Tim. 2,8-13), "Si le negamos, Él también nos negará". · Tercera lectura, (Lc.17, 11-19)", ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?".
Tu fe te ha salvado
Los que en este domingo 28º del Tiempo Ordinario nos asomamos a la Palabra de Dios que se proclama en nuestras asambleas, podremos observar que Naamán, general sirio que fue curado de la lepra al bañarse en el Jordán, obedeciendo a Eliseo, creyó en el Dios de Israel; y cómo uno de los diez leprosos curados por Jesús, el único que volvió para dar las gracias y escuchar la palabra de Jesús "tu fe te ha salvado". Los dos personajes son ajenos al judaísmo, extranjeros que no participan del Pueblo de Dios, marginados religiosamente. Lo que más nos llama la atención de estos dos relatos es lo contradictorio de la conclusión: los que más cerca están de Dios, de la Biblia y de las sagradas tradiciones son los más ciegos a la hora de ver lo nuevo del mensaje de Dios y los más reacios a llegar a un verdadero cambio de vida. No hace falta demasiada imaginación para darnos cuenta de que esos nueve leprosos reflejan muy bien el estilo religioso de nuestros países llamados cristianos y de muchas de nuestras instituciones calificadas de «religiosas» Es tal el poder inflacionario de lo religioso, que llega un momento en que nada mueve la atención, nada es vivido en profundidad. Tenemos inmensas catedrales en nuestra patria y multitud de templos en nuestra ciudad de Antequera, donde proliferan multitud de instituciones religiosas de todo tipo. Se multiplican los actos de culto, las devociones... todo se recibe con santa indiferencia, como una lluvia que resbala mansamente sobre nuestros paraguas bien abiertos. Como si el solo hecho de hacer cosas piadosas fuese suficiente para crecer y madurar en la fe; como si no quedara lugar para el esfuerzo personal, para la iniciativa, para la revisión o la crítica. Por eso, el evangelio de hoy es una severa y alarmante llamada de atención: cuidado con esa gracia de Dios que pasa como la lluvia torrencial que muere a los pocos segundos en las cunetas o grietas de la tierra. La palabra de Dios no puede quedar encadenada, como nos advierte hoy San Pablo, ni por los que abiertamente la hostigan ni por los que la pretenden ahogar bajo el cúmulo de cosas sagradas que adormecen los espíritus. Pero siempre habrá un signo de esperanza: si los que se dicen amigos de Dios terminan por sumirse en la rutina de una vida vulgar, la palabra de Dios siempre encuentra creyentes dispuestos a prestarle su fuerza y su juventud, los que mantienen despierto el espíritu del Evangelio sin tanta hojarasca preciosista ni triunfalismos de ninguna especie. Si abrimos bien los ojos, también descubriremos en nuestra sociedad, en nuestras comunidades quizá, personas que están provocando el cambio propuesto por el Evangelio, sin ostentación pero con eficacia. Como parece sugerir el Evangelio, estos hombres podrán ser pocos estadísticamente -uno sobre nueve-, pero sus vidas actúan como la levadura en la masa. Podrán muchas veces tener toda la apariencia de gente que no pertenece a nuestra comunidad cristiana, podrán parecer ignorantes religiosos y hasta podrán tener ideas extrañas o poco teológicas... Pero miremos sus vidas, sus gestos, sus actitudes. Por allí puede pasar el Reino de Dios, pasar y quedarse para crecer más y más.
«Tu fe te ha salvado»... Sólo cuando esta frase pueda aplicarse a nuestra vida, cuando sintamos que ya no somos los mismos de antes, cuando la fe cristiana produzca un verdadero cambio en la persona y en la sociedad, sólo entonces podremos comenzar a sentirnos cristianos. |
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