| Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 3 de octubre de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 01 de Octubre de 2010 17:50 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Ha. 1,2-3; 2,2-4), "El justo vivirá por su fe". · Segunda lectura, (2Tim. 1,6-8, 13-14), "No tengáis miedo de dar testimonio de nuestro Señor". · Tercera lectura, (Lc. 17,5-10), "Señor, auméntanos la fe".
«Señor, aumenta nuestra fe» Es una realidad innegable que en nuestros días casi todas las tradicionales ideologías están desapareciendo. El hombre moderno no se inclina fácilmente a aceptar los nuevos mesianismos, aunque sienta, de diversas maneras, la necesidad urgente de encontrar una «salvación». Y como siempre, sigue escuchando en el fondo de su ser las preguntas que eternamente acompañan el peregrinar de la humanidad. Pero los creyentes tenemos que aprender a creer en el horizonte de esta crisis general. El hombre de hoy sólo podrá creer en Dios si la fe le ayuda a responder convincentemente a estas preguntas. En nuestro pueblo se creerá en Dios si se puede verificar, de alguna manera, que la fe en Dios hace realmente al hombre más humano, más justo, más liberado.En nuestra sociedad pluralista, es grato poder dialogar de manera sincera y abierta con personas que los cristianos llamamos «increyentes» porque no coinciden con nuestra fe religiosa, pero que, en realidad, tienen sus propias convicciones y principios. Son algunos conocidos y amigos que no comparten nuestra fe los que, con sus preguntas y sus críticas, nos estimulan como nadie a revisar la imagen que realmente tenemos de Dios. Ellos hacen que nuestra fe sea más humilde, pues nos ayudan a no confundir a Dios con lo que pensamos y decimos acerca de Él. Junto a ellos sentimos que Dios es un Misterio más grande que todos nuestros argumentos y «teologías». Cuando conocemos su búsqueda sincera, su lucha interior y el deseo de verdad de algunos de ellos, percibimos que el Espíritu de Dios está presente en su corazón. Y más de una vez quedamos en silencio preguntándonos por la autenticidad de nuestra adhesión al Evangelio y la sinceridad de nuestro seguimiento de Jesús. La verdad es que, tanto ellos como nosotros, compartimos la misma fe en el ser humano, el mismo deseo de paz y de justicia, el mismo dolor ante las víctimas de la violencia. Ellos nos ayudan, además, a amar a la Iglesia sin arrogancia alguna, pues nos hacen ver que no tenemos el monopolio del amor y de la generosidad. Es curioso comprobar cómo muchos de ellos, ante ciertas interrogantes, ante nuestra actitud de comprensión y respeto dudan de su increencia. Alguna vez alguien me dijo que la actitud de respeto y comprensión que veía en muchos cristianos le cuestionaba más que todas nuestras palabras. Así comprendí un poco mejor que a Dios sólo se le puede comunicar amando a las personas. En nuestras reuniones, en nuestras celebraciones, se habla mucho del testimonio que hemos de dar los cristianos en medio de esta sociedad indiferente y descreída, pero apenas pensamos en escuchar y dejarnos enseñar por quienes no comparten nuestra fe. Y, sin embargo, pocas experiencias hay más enriquecedoras que el diálogo y la mutua escucha entre personas que buscan con sinceridad a Dios. Un diálogo que, en más de una ocasión, deja paso a una súplica pronunciada de manera diferente por cada uno, pero que, en el fondo, es la oración de los discípulos a Jesús: «Señor, aumenta nuestra fe». Puede parecer una oración demasiado pobre, modesta y de poco prestigio. Una oración dirigida a Alguien demasiado ausente e incierto. Lo que importa es que sea una oración humilde y sincera. Cuando alguien lleva mucho tiempo decepcionado por la «religión» y distanciado interiormente de la Iglesia, cuando alguien no puede creer en Dios porque su silencio se le ha hecho ya demasiado impenetrable, tal vez, sólo esta oración humilde puede devolverles a la fe viva. Lo que puede cambiar nuestro corazón no son las palabras o las ideas, sino la comunicación con Aquél que está siempre activo en lo más secreto, más íntimo de los seres. Quizás el recogimiento de este tiempo de otoño sea para algunos una invitación callada a hacer la experiencia. |
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