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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 26 de septiembre de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 24 de Septiembre de 2010 16:19

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Am. 6,4-7), "Se acabará la orgía de los disolutos".

· Segunda lectura, (I Tim. 6,11-16), "Como hombre de Dios lleva una vida de rectitud".

· Tercera lectura, (Luc.16, 19-31), "Tú recibiste bienes y Lázaro, males; ahora él goza de consuelo, mientras que tú sufres".

 

Convertirse al amor que comparte

 

De nuevo en este domingo se nos presenta, con la viveza de las palabras proféticas y con la sencillez de una parábola, el tema de la división de los hombres en ricos y pobres. Son mucho más numerosos los pobres que los ricos. Un problema grave en nuestra sociedad es nuestra insensibilidad ante las horribles estadísticas del hambre. Todos corremos el peligro de olvidarnos de los pobres, pasar de ellos en cualquier semáforo o acostumbrarnos a su presencia.

Lázaro y el rico Epulón son hoy los protagonistas de la enseñanza de Jesús. Quizá nos llame la atención la suerte final de ambos: para uno gloria, para el otro, condenación; sin embargo, corremos el peligro de interpretar mal este trozo del evangelio, pues el final de ambos no depende de su condición social o económica, sino de sus actitudes personales.

El rico no se condena por el hecho de ser rico, sino porque no teme a Dios, de quien prescinde y porque se niega a compartir lo suyo con el pobre que muere de hambre a su propia puerta. Tampoco el pobre se salva por el hecho de serlo, sino porque está abierto a Dios y espera la salvación de "quien hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos, ama a los justos y sustenta al huérfano y a la viuda trastornando el camino de los malvados", según reza el salmo de este domingo.

Es necesario aclarar que, si bien es cierto que se pone en claro la peligrosidad de la riqueza porque fácilmente cierra los oídos al mensaje divino, esta parábola no va dirigida de modo exclusivo a los ricos y los poderosos. No hay que olvidar que el lenguaje bíblico hace referencia a la actitud de apego o desapego de lo que uno tiene; esto es lo que nos hace ricos o pobres de espíritu ante Dios. No es que Dios quiera la miseria. Ni que le gusten los sacrificios que la pobreza impone. Al contrario, precisamente porque quiere que todos sus hijos vivan dignamente y sean felices, por eso está tan en contra de la ambición de algunos, que Jesús pone como primera condición para su seguimiento: la ruptura con la ambición. Sólo los que rompen con ella y escogen voluntariamente el camino de la solidaridad, usando de los bienes como propiedad y destino de todos, son dignos de Él.

Esta solidaridad es muy difícil de practicar en medio de un sistema económico que lo que fomenta es la ambición, la avaricia, el poder y el orgullo del más fuerte financieramente. Sólo se libera del sistema pecaminoso que el dinero se ha montado, el que se acerca a los pobres concretos y acepta de ellos el grito interpelante que su miseria le dirige como un clamor profético, como una llamada a la conversión real, con obras de solidaridad.

Es más fácil elogiar la pobreza que soportarla, pues siempre humilla al hombre y a algunos los hace humildes, pero a los más los hace malévolos. De ahí que cuando se experimenta la pobreza, se aprende a compadecer la de tantos desgraciados que giran en cualquier necesidad humana o espiritual. La pobreza de bienes es remediable, pero la pobreza del alma es casi irreparable.

En mayor o menor grado, la enseñanza de la parábola es aplicable a todos los que la escuchamos. Si queremos entenderla, es bueno colocarnos dentro de la escena, ya sea en el papel del rico Epulón, ya sea en el papel del pobre Lázaro. Pobre y rico son conceptos relativos. El que tiene un millón es pobre frente a quien tiene cien millones, pero es adinerado frente al que sólo tiene unas cuantas monedas.

Que esta eucaristía que celebramos en el día del Señor sirva para hacer un sincero propósito de convertirnos radicalmente al amor que comparte, haciendo nuestros "los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, nuestros hermanos."

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