| Domingo 22 del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 29 de agosto de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 27 de Agosto de 2010 17:36 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (3,17-18. 20,28-29): "En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso". · Segunda lectura, (Hb. 12, 18-19; 22-24ª): "Vosotros os habéis acercado a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo". · Tercera lectura, (Lucas 14, 1.7-14): "El que se humilla será enaltecido».
De la urbanidad a la hipocresía
Lo que en nuestros tiempos llamábamos "urbanidad", en la actualidad hay quien lo llama "hipocresía". Pues, a pesar de ello, yo sigo opinando que "las formas" deben ser, y de hecho son, manifestaciones externas de cierto refinamiento interior; algo que hace agradable la convivencia y cuya ausencia empobrece y afea el entorno en que vivimos, haciéndolo a veces insoportable. La falta de urbanidad muchas veces termina en grosería. La lección que Jesús, en el evangelio de este domingo, enseña a los suyos, apunta a la necesidad de que el hombre tenga un modo de ser concreto del cual surja, como una de sus consecuencias, el comportarse dignamente ante los demás. El espectáculo de unos invitados apresurándose a ocupar el primer puesto en la comida, a la que Jesús ha sido invitado, es desagradable. Jesús lo aprovecha para denunciar ese deseo irrefrenable de figurar que ocultamente nos devora, que nos embota la mente y hace que no nos importe arrinconar y postergar a los demás. Por eso insiste en resaltar los auténticos valores sobre los que el creyente cristiano ha de fundamentar su vida. Insiste sobre todo en la humildad: "siéntate en el último puesto"; "el que se humilla será ensalzado"; "los últimos serán los primeros". Son frases lanzadas por Jesús a la vista del comportamiento inmodesto de sus acompañantes, y para demostrar qué es lo que para Él constituye la verdadera grandeza del hombre: la humildad. Pero una humildad que no tiene nada que ver con la pasividad, la insignificancia, la inutilidad o la miseria. No la humildad de la gente a la que la sociedad llama despectivamente "clase humilde", porque no posee los recursos económicos necesarios para autoproclamarse "clase noble"; no es a esa humildad a la que se refiere Jesús, sino a la que nace del conocimiento íntimo que cada persona debe tener de sí mismo. No hay hombre grande para el propio hombre si es capaz de mirarse con un mínimo de sinceridad, distancia y objetividad. Pero no estamos muy acostumbrados a ese ejercicio de observación personal y preferimos mantener un alto concepto de nosotros mismos y considerar merecidos los honores. La advertencia que Jesús hace hoy, ante la mirada atónita de los invitados al banquete, es una demostración clara del concepto tan original que Él tiene de "jerarquía" y que desea que tengan también sus seguidores. Para nuestra sociedad la jerarquía está determinada por los distintos grados de categoría, de poder o supremacía; para Jesús, por el grado de disponibilidad y por el espíritu de servicio a los hermanos. Jesús sueña con una comunidad de hermanos en la que la autoridad no se note por los signos externos (primeros puestos, mejores vestidos, casas más lujosas, reverencias...), sino por el espíritu de servicio, por la entrega, por la disponibilidad; quiere que la jerarquía, en la comunidad cristiana, se ejerza con la plena conciencia de que uno sólo es el Señor y Maestro y que todos los demás somos el reflejo que debe transparentarlo con la mayor nitidez posible, limpio de los modos y del talante al uso en nuestra sociedad. El verdadero servicio es aquél que hacemos a los que no pueden pagarnos: "Cuando des una comida no invites a tus amigos o parientes, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Invita a los abandonados, a los más necesitados... Dichoso tú, porque no pueden pagarte".
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