| Domingo XVIII del Tiempo Ordinario Ciclo C, 1 de agosto de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Martes, 03 de Agosto de 2010 16:37 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, Ecl. 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos? · Segunda lectura, Col. 3, 1-5. 9-11: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo . · Tercera lectura, Lc. 12, 13-21: Lo que has preparado, ¿para quién será?
El poseer siempre limita
Habrán observado que el hombre que Jesús nos describe en la parábola es un ser tétricamente solo. Únicamente le acompañan sus rentas. Dialoga sólo con sus libros de cuentas y su voz tiene el sonido de las monedas. No posee familia porque su lazo familiar le une estrechamente a sus bienes materiales y está totalmente identificado con sus propias riquezas. Con sus cosechas, con sus granos, con su almacén, con su cartera. Este hombre triste y solitario es un prisionero. Podrá incluso ampliar los almacenes, pero no logrará ya salir de ellos. Es un hombre cerrado y encerrado; él ha construido su propia prisión. Y es un hombre además sin futuro, aunque siga pensando que está asegurado para muchos años. Hemos escuchado su propia sentencia. A este hombre se le llama necio no porque haya luchado duramente para que sus tierras produzcan más y poder vivir más holgadamente. Jesús nunca estará en contra de que nosotros prosperemos. Le llama necio no por su nivel de vida sino por su estilo de vida. Porque sólo se afana por poseer y acumular, en vez de dedicarse a crecer, a madurar como persona. Porque se identifica con las cosas y no se preocupa de transformarlas en un medio para la relación con los hermanos, para la generosidad, para la fraternidad. Porque cree que mucho dinero significa mucha vida. Porque no sospecha que, aunque le salgan las cuentas, su existencia está en quiebra. Porque no cae en la cuenta de que no es posible llenar el vacío con cosas que estorban. Porque no se percata de que la vida hay que llenarla de amistad, de relaciones, no de cosas. Por todo esto es por lo que se le llama necio en esta parábola. Intentemos nosotros ahora sacar alguna consecuencia práctica: convenzámonos de que el poseer siempre limita. Dice Ernesto Cardenal: «El que adquiere un campo y lo cierra con una cerca, se priva del resto de la naturaleza, se empobrece de todo lo demás. He aquí por qué la pobreza religiosa no significa poseer poco, sino no poseer nada, o sea, la expropiación total para poseerlo todo» La posesión es sobre todo limitación de libertad. "¿No habéis observado alguna vez, dice Bloom, que ser rico se traduce siempre en un empobrecimiento en otro plano? Basta decir: poseo este reloj, es mío, y cerrar la mano, apresándolo, para tener un reloj y haber perdido una mano". Nuestro corazón tiende a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de los bienes que apetece. La posesión nos lleva a la idolatría: el ser humano necesita medios para vivir y tener seguridad; pero puede acabar adorándolos como nuevos ídolos y poniéndose a su servicio. El primero de ellos es el dinero: se convierte en amo duro e implacable, que nos esclaviza y nos obliga a sacrificar los más altos valores. Por eso dice tajantemente Jesús: "No podéis servir a dos señores: a Dios y al dinero". No es un peligro exclusivo de los ricos; también los pobres pueden caer en la idolatría y la esclavitud del dinero. Porque el ansia por el dinero acarrea siempre la pérdida de la libertad. Además, el ansia de dinero es la fuente principal de las injusticias, las opresiones, las explotaciones, el hambre, el retraso cultural, las guerras y hasta las dictaduras. Que nunca se diga de nosotros que nuestra única riqueza es el dinero. Que el primer lugar de nuestra vida se lo reservemos a Dios. Porque lo que contará al final son las buenas obras que hayamos hecho, no el dinero que hayamos logrado almacenar.
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