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Domingo XVI del Tiempo Ordinario, 18 de julio de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Lunes, 19 de Julio de 2010 18:45

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Gen. 18, 1-10ª), "Señor no pases de largo junto a tu siervo".

· Segunda lectura, (Col. 1, 24-28), "Me alegro de sufrir por vosotros".

· Tercera lectura, (Luc.10, 38-42), "María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra".

 

Escuchar y acoger

 

La reflexión sobre el evangelio de hoy se ha centrado con frecuencia en la alternativa u oposición entre acción o contemplación. Sólo una lectura simplista puede llevar a esta conclusión. Pero nosotros hemos de contemplar este texto desde una perspectiva mucho más elevada: escuchar al Señor, que es la cualidad de María, es una actitud compuesta de fe y de atención.

Es el primer punto de arranque de la vida cristiana: comprender lo que Jesús quiere de nosotros, oírle y esforzarnos por entenderle. Podemos llamarle a esto "contemplación". De hecho, para llegar a entender a Jesús es preciso encontrar un lugar sereno, lejos del jaleo de la multitud; es necesario dedicar tiempo a la meditación de su Palabra; sin discusiones interminables, ni mesas redondas, ni tantas puestas en común que hoy están tan de moda, sino creando condiciones de silencio necesarias para escuchar su voz. La cualidad de Marta es acoger. Practicar la hospitalidad y el servicio, que la liturgia de hoy quiere hacer resaltar con la actitud de Abraham, acogiendo a esos tres personajes, desconocidos para él, que resultaron ser emisarios del cielo.

La lección de Marta y de Abraham debemos aprenderla, meditarla y practicarla, en una época en que desgraciadamente ha desaparecido esa virtud tan evangélica de la hospitalidad. Hoy día nos cuesta mucho ser acogedores. Nos estamos volviendo demasiado individualistas, recelamos de los demás, tenemos miedo unos de otros, nos asustamos cuando un desconocido nos para por la calle, nuestras casas están cerradas con cerraduras de alta seguridad, no conocemos a los vecinos. Deberíamos esforzarnos para imitar a Marta y a Abraham siendo más atentos con los demás, estando más dispuestos a servir.

El hombre abierto que sabe compartir lo que tiene y recibir lo que le falta, el hombre que no se encierra en sus trece y en su egoísmo, el hombre comprensivo y acogedor, el que practica con los otros la verdadera hospitalidad, al recibir a cualquiera de los más pequeños es a Jesús a quien recibe.

Es difícil distinguir en el texto de la primera lectura entre los "tres hombres" y "el Señor", entre los mensajeros y el que los envía. La carta a los Hebreos, desarrollando una catequesis abundantemente inspirada en este pasaje de la Biblia, nos transmite esta enseñanza: "Permaneced en el amor fraterno. No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella hospedaron algunos, sin saberlo, a ángeles". Concluyamos que Marta y María no son opuestas sino complementarias. María es la mujer que escucha. Marta la mujer que se afana por acoger y servir. Son como la representación de Jesús que supo vivir en armonía y en síntesis apretada la acción y la oración, la entrega total a los demás y la contemplación. Son como la representación de toda la Iglesia, que ha de ser tanto servicial y samaritana cuanto orante y contemplativa. De una iglesia donde las personas entregadas al carisma de la contemplación en los monasterios, siempre están en sintonía con las inquietudes y necesidades de los que luchan en este mundo. De unas comunidades cristianas, que saben redescubrir la oración como impulso para un compromiso de servicio y de solidaridad.

Todos nosotros, los que nos confesamos creyentes cristianos, pero arrastrados muchas veces por la avalancha de un mundo sin norte, tenemos la obligación de hacer esta parada a los pies de Jesús, en la misma postura que María cuando Jesús la visitó. A esa postura podemos llamarla sencillamente: orar, rezar, recogerse tranquilamente, y, sosegados y silenciosos, recobrar, a la luz de Dios, el tono vital que nos debe guiar en nuestro caminar por el mundo y divisar con claridad la meta hacia la que debemos avanzar.

Que las dos hermanas nos animen a descubrir el valor de la oración para saber contemplar a Dios en el rostro de los que nos necesitan y entregarnos al servicio y a la fraternidad.

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