| Domingo XIII del Tiempo Ordinario, 27 de junio de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Sábado, 26 de Junio de 2010 10:45 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (1Rom. 19, 16b-19-21), "Eliseo se levantó y marchó tras Elías". · Segunda lectura, (Gal. 5,1. 13-18), "Vuestra vocación es la libertad". · Tercera lectura, (Lc. 9,51-62), "Tú vete a anunciar el Reino".
Llamados a conquistar la libertad
A propósito del seguimiento de Cristo, que nos propone la Palabra de Dios en este domingo, San Pablo nos dice hoy "que nuestra vocación es la libertad", que "Cristo nos ha liberado para vivir en libertad, pero no una libertad para que se aproveche el egoísmo, sino para ser esclavos unos de otros por amor". Hablar de libertad en el contexto de una sociedad totalmente dominada por innumerables esclavitudes, es paradójico y hasta fuera de lugar. Somos esclavos del poder económico, del poder político. Estamos esclavizados por la técnica, centro de decisiones que nos afectan a todos y que nos materializan. Esclavos de los medios de comunicación que controlan nuestras mentes a través de la propaganda. Nos esclavizan con la ignorancia, para delimitar la capacidad de criterio para enjuiciar los falsos mensajes de los líderes. Existen pueblos esclavizados por razones inconfesables. Pero los que proclamamos nuestra fe, a pesar de todo, tenemos la responsabilidad de seguir proclamando también la libertad que Jesús nos ha traído. Porque su Reino no es etéreo, ni se reduce a lo simplemente psicológico e individual, sino que es una realidad visible que pretende conseguir la transformación radical de nuestra sociedad. Frente al afán consumista que nos agobia y nos quita la tranquilidad, Jesús nos advierte que los ricos ya han recibido su recompensa, que quien pone el valor de su vida en los bienes que posee es un desquiciado. Que el hombre vale lo que vale aquello a lo que se ata; si se ata a las cosas que se pagan, su precio es el dinero... Con los éxitos fáciles sólo se consigue dar respuestas a necesidades inmediatas, pero nos encadenan de tal manera que nos privan de la libertad para afrontar en profundidad los problemas serios de la vida. Frente a la esclavitud del mal, en cualquiera de sus formas, Jesús se presenta como el liberador que da a los suyos la posibilidad de seguir haciendo el bien. Sabemos que Él no hace desaparecer el mal "como por arte de magia", pero sí se nos muestra como el Señor que domina el mal, que puede darle una solución, una respuesta, una salida. Frente a la esclavitud de ver el mundo sin futuro, sin salida, nosotros afirmamos con esperanza y optimismo que Jesús ha dado comienzo a un mundo nuevo que está por encima del luto, del llanto, de la muerte y del dolor, pues lo de antes ha pasado y Dios lo hace todo nuevo. Los sufrimientos de la condición humana han de ser los sufrimientos de un alumbramiento, pues va a nacer una vida nueva y sin fin; nuestras penalidades y sacrificios no nos llevan al sinsentido y al absurdo, sino a la liberación y a la consecución de una vida nueva. Pero Jesús dejó claramente señalado el camino para alcanzarla: la confianza en Dios y la preocupación por el hermano. Mientras los hombres siguen buscando, la verdadera libertad está ahí, al alcance de la mano de cualquiera que sepa buscar, de cualquiera que esté dispuesto a seguir a Jesús. Así y sólo así alcanzará el hombre la plena libertad, la que le liberará de las pequeñas y de las grandes esclavitudes; la que le liberará incluso del terrible dominio de la muerte.
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