| Domingo XII del Tiempo Ordinario, 20 de junio de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Lunes, 21 de Junio de 2010 18:30 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Za. 12,10-11; 13,1), "Mirarán al que traspasaron". · Segunda lectura, (Ga. 3,26-29), "Todos sois uno en Cristo Jesús". · Tercera lectura, (Lc. 9,18-24), "El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo".
¿Qué es negarse a sí mismo?
Algunas expresiones del Evangelio nos resultan difíciles de entender, y mucho más de asumirlas y aplicarlas a la vida. Sobre todo las que hoy Jesús nos presenta en el evangelio: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame". De las tres condiciones que Jesús nos propone, la de renunciar a sí mismo es la que más problemas nos plantea. Es como si Jesús desconociera la psicología humana y se olvidara de que el hombre tiene arraigada en lo más profundo de su ser la tendencia a pensar en sí mismo y a poner la propia persona en el centro de los intereses y a situarse como medida de todo, y viera con naturalidad esa renuncia de nosotros mismos, de nuestros planes, de nuestra vida. Pero en realidad Jesús no nos está pidiendo que renunciemos a la vida, sino que nos decidamos a acoger la novedad y la plenitud de esa vida que Él solo nos puede dar. Es decir a colocar su seguimiento en su verdadero lugar, convirtiéndolo en el valor supremo a conquistar. En primer lugar, ante el limitado plan humano del tener y poseer bienes, Él nos ofrece la plenitud de ser un bien para los demás. El Señor no quiere que rechacemos los bienes, por el contrario desea que nosotros nos convirtamos en un bien y usemos de lo material en la medida que nos ayude a ser ese bien para los demás, convertidos en servicio.
A la auto limitación del hombre que "valora las cosas de acuerdo al propio interés", se nos propone la apertura a la plenitud de los intereses de Dios. Se nos invita a obrar con plena libertad aceptando los planes de Dios, que siempre serán mejores que los nuestros. No se nos quita la capacidad de decidir. Por el contrario, se nos ofrece la oportunidad de que nuestra libertad escoja en cada momento lo mejor para nosotros, que es el proyecto de Dios. Por último, a la actitud humana de "cerrarse en sí mismo", permaneciendo aislado y solo, se nos propone el vivir "en comunión con Dios y con los hermanos". No se nos pide dejar de ser nosotros mismos. Más bien, se nos invita a valorar lo que somos, hasta el punto de considerarnos dignos para Dios y para los demás. Esto es, en resumen, lo que significa regarse a sí mismo. Ahora nos queda ponerlo en práctica. Sabiendo que siempre, para ser auténticos seguidores de Jesús, contamos con la ayuda de Dios. Sólo se puede seguir a Jesús mediante una decisión personal. Pero una decisión muy seria, pues se trata de un compromiso que sólo Dios nos puede exigir y sólo a Dios podemos hacer. Porque es una decisión en la que nos va la vida, nos lo jugamos todo, y sin más garantía que la fe en la promesa de Dios. Por eso es una decisión que ningún hombre podría hacer sin la gracia y la ayuda de Dios. El mismo evangelio, el mismo Jesús, que nos presenta el lado serio de nuestra condición de cristianos, es el que nos anima, diciendo que su carga es suave y su yugo ligero. Y es, en fin, el mismo Jesús, que es Dios, y nos da su espíritu para que no desfallezcamos, ni decaiga nuestro ánimo. Su palabra, que vivimos en la Eucaristía, es exigencia y ánimo, y su Cuerpo y Sangre, en la Eucaristía, son el alimento que fortalece y sostiene a los cristianos en su decisión de por vida y hasta el final de la vida.
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