| Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo C, 13 de junio de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Viernes, 11 de Junio de 2010 17:47 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (II Sam. 12,7-10), "El Señor ha perdonado ya tu pecado. No morirás". · Segunda lectura, (Gal. 16, 19-21), "Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí". · Tercera lectura, (Lc. 7, 36-8,3) "Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor".
El que sabe perdonar vive en paz
El amor y el perdón cristianos son dos caras de una misma moneda. Frecuentemente se dice que el perdón es la cara humilde del amor. Hay personas que dicen que ellas no pueden perdonar algunas ofensas graves que les han hecho. ¿Cómo van a perdonar unos padres el asesinato vil y alevoso de un hijo, al que mataron únicamente por tener unas ideas políticas distintas de las de sus asesinos? Yo creo que en estos casos se confunde perdón cristiano con olvido psicológico. Y no es lo mismo: el perdón cristiano es no querer devolver mal por mal, es desear de verdad que la persona que nos ha ofendido se arrepienta de su pecado y empiece a ser buena y feliz. Claro que psicológicamente nunca podremos olvidar el mal profundo que nos han hecho, pero sí podemos perdonarles cristianamente. Muchas personas lo han hecho y han dado públicamente un ejemplo de perdón cristiano. Porque si amas cristianamente a una persona no puedes desear para ella ningún mal y Cristo nos dijo que deberíamos amar a todas las personas, incluso a nuestros enemigos. El verdadero amor cristiano busca siempre el bien de las personas a las que ama cristianamente. El amor psicológico es otra cosa y nadie podrá nunca obligarnos a amar psicológicamente a todas las personas, sencillamente porque esto es algo humanamente imposible. Nadie está obligado a hacer lo que no puede hacer. El amor cristiano y el perdón cristiano sí pueden convivir y realizarse al mismo tiempo. Este amor y este perdón es el que nos pide Dios que tengamos con todas las personas, hasta con nuestros enemigos.
El pecado del rey David fue realmente un pecado horrendo y monstruoso. No tanto por haberse enamorado de Betsabé y haberla hecho su mujer, sino por los medios inicuos de los que se valió para conseguirlo. Fue un pecado repugnante y así se lo hizo saber al rey el profeta Natán. Pero el rey David se arrepintió con el propósito de ser durante toda su vida cantor de las grandezas del Señor y defensor de la Ley y el templo. Cualquiera de nosotros en un momento determinado puede cometer un pecado, pero si sabemos arrepentirnos con el propósito de cambiar de vida, Dios siempre nos perdona. La pecadora del evangelio amaba mucho a Jesús, a juzgar por el comportamiento que tuvo cuando se vio delante de Jesús de Nazaret. Le amaba bastante más que Simón, el fariseo que había invitado al Maestro a comer en su casa. Jesús no la juzgaba por los pecados que hubiera cometido antes, la juzgaba por las muestras de amor y arrepentimiento que le estaba dando en aquel momento. El perdón de Jesús y el amor de la pecadora aparecen aquí íntimamente relacionados. Porque la pecadora amaba mucho, Jesús le perdonó mucho y porque Jesús le había perdonado mucho, la pecadora le amaba aún con más intensidad. Al que poco se le perdona, dice Jesús, poco ama, mientras que al que tiene mucho amor se le perdona todo. El amor y el perdón se alimentan mutuamente.
Cuando somos conscientes de que hemos ofendido gravemente a una persona y vemos que, a pesar de todo, esa persona nos ama y nos perdona, nos sentimos impulsados a amar aún más a la persona a la que previamente habíamos ofendido. El que sabe amar y perdonar, como nos mandó Jesús, puede vivir en paz con Dios y con el prójimo.
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