| Pentecostés, 23 de mayo de 2010 |
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| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Sábado, 22 de Mayo de 2010 00:01 |
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Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Hch. 2,1-11), "Se llenaron todos del Espíritu Santo". · Segunda lectura, (I Cor, 12,3b-7; 12-13), "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo". · Tercera lectura, (Jn. 20,19-23), "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados"
No apaguéis el Espíritu
A este día de Pentecostés le llamamos el día de la puesta en marcha de la Iglesia. Siempre que hacemos profesión de fe decimos "creo en la Iglesia", pero la realidad es que, después del acontecimiento del Concilio Vaticano II, muchos cristianos viven confusos y perplejos. Unos, porque la evolución de la Iglesia en estos últimos tiempos es alocada y desorientada. Ven desviaciones doctrinales y errores manifiestos. Echan de menos las condenaciones y excomuniones, se lamentan de lo que llaman dejación de autoridad. Achacan a la Iglesia falta de valor para frenar la marcha imprudente hacia el progresismo. Otros, por el contrario, se impacientan al no ver plenamente implantada la doctrina conciliar, acusan a la Jerarquía de timorata, critican agriamente al sector eclesial más conservador y tradicional, calificándolo de inmovilista y reaccionario. Y en medio, como espectadores de un partido de tenis, otro sector de cristianos, unos de buena fe y otros indiferentes, que se limitan a girar sus cabezas de un lado a otro contemplando cómo resuelven "a pelotazos" sus respectivas posiciones. Si hoy no nos entendemos ni los que hablamos el mismo idioma y hasta decimos profesar una misma fe, será porque estamos ahogando el Espíritu, resistiendo a su influjo vivificador, creando en nuestro mundo como una Babel de locos. Hoy, día de Pentecostés, todos nosotros debemos reflexionar como creyentes en la Palabra de Dios que es la que nos convoca, para convencernos de que para algo todos tenemos la misma fe, todos hemos recibido el mismo Espíritu y todos hemos aceptado libremente la misma misión. Nosotros, que creemos en la presencia del Espíritu en medio de su Iglesia, debemos saber que esa presencia exige a los creyentes, a cada uno de nosotros, una conversión y una transformación que facilite el incesante quehacer santificador del Espíritu en la Comunidad. Todo lo que en la Iglesia disgregue, separe o desuna es un pecado contra el Espíritu. Tolo lo que mate la caridad entre los hermanos, lo que fomente la enemistad, es ahogar el Espíritu y condenar a la Iglesia a la ineficacia. Sólo quien promueve amplios espacios de libertad en la Comunidad para que el Espíritu actúe sin trabas, sólo quien pone sus dones al servicio de los demás, quien es capaz de agradecer a Dios los carismas de sus hermanos, aunque él no los posea, ése es el que ha comprendido el misterio de Pentecostés.
Necesitamos un Espíritu nuevo que nos enseñe a dialogar como hermanos. Un Espíritu que nos ayude a entender el lenguaje del adversario. El Espíritu que nos descubra que todos somos hermanos y todos podemos gritar a Dios: «¡Padre!». Necesitamos un Espíritu que nos libere de la amenaza de convertir nuestro mundo en una nueva Babel, incapaz de construir un futuro de fraternidad. Un Espíritu que nos libere del radicalismo, la intransigencia, el sectarismo que nos alejan cada vez más de toda colaboración eficaz. ¡Ojalá escuchemos entre nosotros aquellas palabras de Pablo a las primeras comunidades cristianas: «No apaguéis el Espíritu»! No apaguéis vuestra fe en el Padre de todos. No apaguéis vuestra esperanza en una sociedad más fraterna.
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