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Domingo VII de Pascua, Ciclo C 16 de mayo de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Sábado, 15 de Mayo de 2010 00:02

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Hch. 1,1-11), "¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?".

· Segunda lectura, (Ef. 1,17-23), "Sentándolo a su derecha en el cielo".

· Tercera lectura, (Lc. 24,46-53), "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido".

 

Ascensión del Señor

 

En esta fiesta de la Ascensión del Señor, los creyentes celebramos el triunfo definitivo de Jesús sobre la muerte, su vuelta al Padre después de haber vivido, como un hombre más, entre nosotros. Al marcharse nos ha dicho: "Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Algo paradójico, pero real.

En este día solemos decir que Jesús ascendió "al cielo", pero no debemos pensar en el cielo como un lugar en el espacio, físico, sino como signo de una especial presencia de Dios entre nosotros. Ascender es "volver al Padre". La subida de Jesús al cielo no es igual a la subida de nuestros cohetes; éstos se trasladan constantemente de un espacio a otro, y por más lejanos que viajen por espacios desconocidos nunca pueden salir de estas coordenadas de espacio y tiempo. La ascensión de Jesús al cielo es un pasar del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, de la fragilidad de lo humano a la vida plena junto a Dios.

Con su ascensión al cielo Jesús penetró en una realidad que escapa a nuestras posibilidades. Nadie sube allí si no ha sido antes elevado por Dios. Él vive ahora con Dios, en la absoluta perfección, en la absoluta presencia, amor y felicidad. Pero, a la vez, sigue junto a nosotros. Sería absurdo celebrar una fiesta en la que conmemoramos que Jesús se ha marchado, cuando más necesidad tenemos de Él, cuando lo que nos preocupa y nos importa hoy es la solución de los problemas de nuestro mundo cada vez más graves y amenazadores. Más que nunca necesitamos escuchar en este tiempo el mensaje de esta fiesta de la ascensión del Señor. Porque Jesús se ha ocultado en Dios no para ausentarse de nosotros sino para vivir desde ese Dios una cercanía nueva con nosotros, así nos lo ha prometido, estar con nosotros, todos los días hasta el fin de los tiempos. El tener conciencia de ese constante acompañamiento de Jesús nos hace amar más la vida de cada día con sus luchas, sus alegrías, sus penas…, trabajar por la justicia, por hacer nuestro entorno pacífico, es hacer, ya aquí y ahora, presente el Cielo en la Tierra. Esto es lo que sustenta esa esperanza sin la cual nuestra vida carecería de sentido y quedaría privada de su verdadero horizonte.

Es cierto que los creyentes podemos parecer seres extraños en un mundo racionalizado, que sólo cree y espera en sus propias posibilidades, en su propia tecnología, en sus propias verdades, en sus propios proyectos de paz y concordia, optimista unas veces, y triste y desesperanzado otras, según sus éxitos o fracasos. Pero los cristianos no podemos sentirnos extraños a las angustias y esperanzas de este mundo, que es también nuestro; llevamos en nosotros una fe que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir, porque esperamos este encuentro definitivo con Cristo nuestro hermano y con Él con nuestro Dios.

Hemos recibido de Jesús una misión importante. Hoy la hemos escuchado de nuevo: Jesús insiste a los que quieren seguirle que han de ir al mundo: "Id a todos los pueblos", es una misión universal, global. Es una invitación para llevar su mensaje de paz, de fraternidad, de esperanza a nuestro mundo turbado, amenazado y amenazador. Se han cobijado en él muchos odios, muchas injusticias, se ha abusado de pueblos enteros, se han despreciado razas y culturas, se ha envilecido con indignidad a las personas con represiones inhumanas. Por eso no debe extrañarnos que brote el terror entre los hombres. El odio sólo engendra odio. Por eso nos pide hoy Jesús que vayamos a todas partes con su mensaje de amor, porque, como nos enseña San Juan de la Cruz "Sólo poniendo amor encontraremos amor".

 

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