| Domingo Sexto de Pascua de Resurrección, 9 de mayo de 2010 |
|
|
|
| Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos |
| Sábado, 08 de Mayo de 2010 00:01 |
|
Mensaje de las lecturas · Primera lectura, (Hch. 15, 1-2, 22 - 29) "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles otras cargas que las indispensables". · Segunda lectura, (Apoc. 2110-14; 22 - 23) "Su antorcha es el Cordero". · Tercera lectura, (Jn. 14, 23 - 29) "Os doy la paz que el mundo no puede dar".
Nos dejó el regalo de su Paz
En las apariciones de Jesús resucitado se repite insistentemente la misma frase: "Mi paz os doy". Es como un regalo espléndido que Jesús deja a los suyos para que se vaya transmitiendo a todos sus seguidores, de generación en generación. Después de tantas zozobras y miedos, de tantas inquietudes y dudas, el gran regalo de Dios a los suyos se resume en una palabra: PAZ. Es el ideal de todo hombre y la gran ausente de nuestro mundo. El hombre actual apenas disfruta de paz. No tiene paz interior. Está permanentemente agitado, frustrado y decepcionado. Desconfía de todos, duda de su fidelidad y está al acecho porque sospecha que cualquiera lo puede engañar o desbancar. Su imagen es la de un ser hastiado, desequilibrado, sin seguridad en sí mismo. Y esto es así porque su armonía interior se ha desorganizado, porque persigue con insistencia valores y realidades que no le satisfacen, como él quería, y en cuya consecución se está dejando, hecha jirones, parte de su vida espiritual, esa vida interior que es la que lo define como persona, que lo califica como ser humano, que lo equilibra como ser inteligente, que le capacita para dominar los acontecimientos en lugar de ser vapuleado por ellos. Los resultados de la pérdida de la paz personal no pueden ser más adversos: el hombre no está satisfecho de sí mismo, no vive contento, ni disfruta con las pequeñas cosas que jalonan la existencia y le dan luz y color, ni es capaz de embarcarse en las grandes aventuras que la puedan convertir en algo sublime. (...) Es curioso que si hemos dejado de tener como valores fundamentales el dinero, el poder, el prestigio y un largo etcétera de posibilidades semejantes, hayamos experimentado que la paz nos invadía y que una especie de disponibilidad nos hacía pasar por encima de tanto desasosiego e intranquilidad como la persecución excesiva de tales valores que comporta al hombre que sólo vive para ellos. Cuando en nuestro quehacer diario actuamos con fiel dedicación poniendo todo lo que somos a disposición de los demás, sentimos que la paz anida en nuestro interior y que la armonía de nuestro ser se restablece poco a poco. Es curioso que cuando hemos dejado de contemplar al prójimo como un enemigo en potencia para catalogarlo como un hermano, haya desaparecido ese aguijón permanente que a veces se instalaba en lo más profundo de nuestro ser en otras ocasiones. Y es curioso que cuando hemos pretendido vivir un poquito como cristianos hayamos descubierto que no entendemos cómo el hombre pueda estar permanentemente inquieto, alienado, frustrado y traumatizado. Todos sabemos de sobra que esto tendrá solución cuando nos decidamos de verdad a aceptar con generosidad el regalo que Jesús nos ha traído en su Pascua: la Paz, y transmitirla al mundo que la espera con ansiedad, harto ya de tanto odio, para convertirlo en un lugar habitable, donde los hombres puedan sentirse orgullosos de serlo y estén convencidos de que la vida es algo que merece vivirse con toda la ilusión del mundo. |
Deportes
Ver + |
Otras noticias del Deporte
|








































































