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Domingo V de Pascua, Ciclo C, 2 de mayo de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 30 de Abril de 2010 00:01

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Hch.14, 21 b-27), "Los exhortaban a perseverar en la fe".

· Segunda lectura, (Apoc. 21,1-5ª), "Dios enjugará las lágrimas de sus ojos".

· Tercera lectura, (Jn. 13,31-33ª. 34-35), "Os reconocerán porque os améis unos a otros".

 

El amor no es algo nuevo

 

Evidentemente que el amor no es algo nuevo. El afecto, el gozo, el cariño, la pasión, el consentimiento son la expresión constante del amor humano. El amor es sentimiento imperecedero del hombre en la tierra. La novedad cristiana de amor está en la referencia "Como yo os he amado", que manifiesta su perfección y su meta. El amor no es una fría ley, no se puede reducir a un organigrama caritativo y a una institución social, no debe someterse a un calendario con días fijos para amar, no admite límites cortados por un reglamento, una campana o un reloj. El amor auténtico germina y vive siempre en la libertad de poderse expresar siempre.

La lectura litúrgica del evangelio de este domingo V de Pascua la tenemos que hacer no en la cronología que supone San Juan, en víspera de la muerte de Jesús, sino desde los resplandores de su Resurrección.

En esa misma perspectiva hemos de interpretar el mandamiento nuevo, pues el amor fraterno del que habla Jesús es un fruto más del Misterio Pascual. Efectivamente, la novedad que atribuye Jesús al amor que debe presidir las relaciones de sus discípulos proviene de que no se trata de simple filantropía sino un amor muy especial: Como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Esa novedad que Jesús exige al amor fraterno de los suyos no es otra que la Buena Noticia del amor gratuito de Dios a los hombres, realizado, manifestado y comunicado a través de la Muerte y Resurrección de Jesús.

Un solo mandamiento. No necesitarán más leyes. Los códigos hay que reducirlos, porque si no se convierten en cargas durísimas y yugos insoportables. Hoy también la Iglesia va reduciendo sus cánones. Y Jesús se limita a un mandamiento. Mandamiento: que os améis unos a otros. El que no ama se atrofia y muere; el que no es amado se seca y muere. 103.000 latidos del corazón al día por amor, 20.000 veces respirando por amor. Amar es una gracia. Antes que mandamiento, el amor es un don. No podía Jesús mandarnos amar, si no nos hubiera amado Él primero. Ni nos podría exigir el amor, si no nos diera antes la capacidad para realizarlo. ¿Cómo podríamos nosotros amar con un corazón de piedra? Sólo Dios puede cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Dios nos capacita para amar amándonos.

"Nuevo". ¿Cómo nuevo? Nada más antiguo que el amor. La exigencia del amor es algo muy antiguo, es cosa de siempre. Es la ley primera del hombre, la realidad fundadora de la humanidad. Podemos afirmar que el hombre empezó a ser hombre cuando aprendió a amar.

Pero el mandamiento de Jesús es nuevo. Nuevo por la extensión y por la intensidad, por el estilo, el modo y las calidades. Jesús nos pide que amemos como Él. En eso está lo nuevo, no en el qué, sino en el "cómo". Amor como el de Jesús, es decir, gratuito, generoso, universal, incondicional, sin límites. Lo nuevo está en la ruptura de límites. Nosotros ponemos límites a todas las cosas: limitamos las personas, el tiempo, la intensidad. ¡Sin límites! Amar a todos, especialmente a los que más lo necesitan. Amar incluso a los que te resultan desagradables. Sin límites: amar a lo largo de los días y los años; amar hasta la muerte y aun más allá de la muerte. Sin límites: hasta despojarte de todo, hasta gastarte del todo, hasta darte todo. O sea, amar a todos y del todo y en todo. Esto era algo tan nuevo que hubo que inventar la palabra. No el eros ni la filia, sino el ágape: la bendición de Dios.

 

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