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Domingo IV de Pascua, Ciclo C 25 de abril de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Viernes, 23 de Abril de 2010 18:40

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Hch. 13, 14. 43-52), "Para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra".

· Segunda lectura, (Apoc. 7, 9. 14b-17), "El Cordero que está delante del trono será su pastor".

· Tercera lectura, (Jn. 10, 27-30), "Mis ovejas escuchan mi voz".

 

Aprendemos a ser tolerantes

 

La historia de la Iglesia, de nuestra comunidad cristiana, de nuestra familia, no hay que olvidarla, porque siempre tendrá algo aleccionador; por lo menos nos enseñará a no repetir algunas cosas muy lamentables. Lástima que hoy, a la vez que se está suprimiendo el estudio de la historia, nos entretengamos en mezquinas memorias históricas sólo para recordar qué cosas hicieron los malos y lo bien que nos comportamos los buenos.

Hoy, en Los Hechos de los Apóstoles, con un estilo muy peculiar, se nos ha narrado un suceso muy significativo. Pablo y Bernabé, como buenos judíos acuden el sábado a la sinagoga de Antioquía. Ese día acudió una gran muchedumbre. Después de escuchar a Pablo las opiniones se dividen.

Los que se oponen llaman en su auxilio a las "señoras" devotas y distinguidas para conseguir que se marchen de la ciudad. Es curioso que, hoy como ayer, la auténtica doctrina de Jesús encuentre una resistencia particular entre los "distinguidos y devotos" y que esa resistencia se organice para que los "apóstoles" abandonen el territorio y se vayan con su comprometedora doctrina a predicar a otra parte. Los judíos practicantes, las señoras distinguidas y devotas eran "los de siempre", los que están seguros de sí mismos, los que no tienen nada que aprender, los que tienen hilo directo con Dios, los que no dudan de nada; los que lo saben todo y los que viven con la conciencia tranquila. Los expulsan porque tienen miedo, porque intuyen, siquiera de lejos que, de prosperar esa predicación, posiblemente se acabará su tranquilidad, su seguridad, su situación privilegiada desde la que todo se juzga y se condena con un dogmatismo aterrador. Esa talaya desde la que ellos saben distinguir muy bien a los buenos y a los malos. Esto conduce directamente a ese mal tan de moda que es la intolerancia.

La intolerancia nace de una visión maniquea del mundo. Para el intolerante, la humanidad se divide en buenos y malos (blancos y negros, hombres y mujeres, etcétera). Los míos y yo pertenecemos a los buenos; tú y todos los demás os contáis entre los malos. Y así, sin más razón que ese prejuicio insensato del fanático, no se escucha a los otros, ni se les mira, ni se les dirige la palabra. No vale la pena. La intolerancia es como una especie de daltonismo social, que no sabe distinguir los colores ni sus matices. Todo resulta blanco o negro. Sin caer en la cuenta de que todos estamos en la zona gris, pues aunque es verdad que en el mundo siempre hay trigo y cizaña, lo cierto es que nadie es trigo limpio.

Estaría bien que aprendiéramos a ser mucho más tolerantes y mejorar su práctica dándonos una vuelta por nuestro propio campo para ver cómo crecen juntos en nuestro interior el trigo y la cizaña. Porque es ahí, en la conciencia de nuestros propios yerros, donde podemos empezar a comprender los yerros de los otros. Y realizar este simple ejercicio ya es una manera de prepararse para ser tolerantes. La tolerancia, en efecto, es paciencia, o sea, capacidad de encajar las dificultades que me ocasionan los otros.

Una advertencia: la firmeza en la verdad no sólo no está reñida con la tolerancia, sino que la hace posible y evita que degenere en indiferencia ante la caída y en positiva permisividad del mal. La caridad de Jesús te llevará a muchas concesiones nobilísimas. Y esa misma caridad de Jesucristo te llevará a muchas intransigencias... nobilísimas también.

El espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana: el Señor nos quiere por todos los caminos rectos del mundo para extender la semilla de la fraternidad -no de la cizaña-, de la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca enemigos de nadie.

 

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