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Domingo Tercero de Pascua, Ciclo C, 18 de abril de 2010 PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Sábado, 17 de Abril de 2010 00:02

Mensaje de las lecturas

· Primera lectura, (Hch. 27b-23. 40b-41), "La diestra de Dios lo exaltó".

· Segunda lectura, (Apo. 5,11-14), "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la alabanza".

· Tercera lectura, (Jn. 21,1-19), "Es el Señor".

 

Jesús es cercanía y amistad

 

Está muy bien que los creyentes nos acostumbremos a leer los textos evangélicos y a meditarlos para sacar enseñanzas prácticas para nuestra vida cristiana. Lo que no está bien es que su enseñanza la reduzcamos a simples cuestiones de moral, sin compromiso, o a arrimar el ascua a nuestra sardina, según nos convenga, o para salir del paso, como hizo aquel predicador en la Fiesta de San José que dijo: José era carpintero, que es el oficio del que trabaja la madera, de la madera se hacen los confesionarios, por eso hoy toca hablar de la confesión.

Evitemos también usar los textos evangélicos para fabricar razonamientos muy elevados, incomprensibles y extraños, con un lenguaje aún más raro, con la finalidad de retorcer y dislocar el genuino sentido del mensaje evangélico. Por ejemplo: el evangelio de hoy se puede prestar a ese juego de darle al relato un sentido simbólico para adaptarlo a una enseñanza trascendental que ni siquiera el evangelista pretendía. Si queremos, podemos recurrir a una especial simbología de la presencia repentina de Jesús, a su ayuda milagrosa a los pescadores, o, como aquel predicador que pretendió referir la improvisada comida del pez asado y el pan con la eucaristía.

Con esto no quiero decir que esa cantidad de pequeños detalles que podemos descubrir en una reposada lectura de este pasaje, están ahí como simple relleno del relato. Se nos habla de unas brasas en la playa, unos peces puestos a asar, una invitación a almorzar... ¡Estamos hablando de que Jesús les ha preparado un almuerzo a sus amigos! Jesús y los suyos como una pandilla de amigos a los que Jesús les dice: «Venga, muchachos, almorzad». Parece poco serio que Jesús se dedique a preparar merendolas a sus amiguetes en vez de hablarles «de cosas santas». Y sin embargo, en esta escena tan poco trascendente, sin discursos de ningún tipo, nos encontramos con la esencia misma de Jesús.

Sí, porque Jesús es cercanía, amistad, cariño de corazón a corazón, aunque eso lo olvidemos a menudo. Ese Jesús que prepara el almuerzo a sus amigos es un Jesús en plenitud de amor, de cariño, de amistad, de preocupación por los suyos. Están contrariados y les da su paz y los llena de esperanza. Vienen hambrientos y cansados de la briega, Él enciende unas brasas, asa unos peces y los invita a descansar y comer. Sí, éste es Jesús, tal y como nos lo presenta el evangelista Juan en el pasaje de hoy. Un Jesús resucitado, pero que no por vivir ya esa nueva vida ha olvidado que sus amigos siguen teniendo corazón... y estómago.

Pero esto es, precisamente, lo que hemos olvidado con frecuencia en la Iglesia, con nuestro lenguaje tan grandilocuente como vacío, tan ampuloso como inútil, tan subido como lejano de los problemas de la gente. Hablamos, damos charlas, pronunciamos sermones y retiros... escribimos encíclicas, pastorales, notas de prensa y grandes documentos... y Jesús asa unos peces sobre unas brasas para que los amigos coman. ¿Estará ahí la razón del por qué Jesús llega a los corazones y nosotros a ninguna parte? Hoy, que estamos en Pascua, es un día ideal para dejar a un lado todos nuestros tics eclesiásticos e imaginarnos a Jesús en la orilla del lago, paseando arriba y abajo, esperando a ver si vuelven sus amigos, buscando unas ramas secas, poniendo los peces encima de las brasas, dándoles vueltas para que estén bien hechos, preparando el almuerzo a los suyos...

Pues esta cercanía y amistad de Jesús nos tiene que animar a decirle: Déjame Señor, acercarme a ti, así: apelando a mi condición de «gente sencilla» y de «fatigado del camino». Déjame que te vuelva a repetir que tus palabras «Venid a mí todos los cansados y agobiados" me saben a mimo y a caricia. Cuento con tu sencillez y tu cercanía.

 

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