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Segundo Domingo de Pascua de Resurrección. Ciclo C. 11-4-2010. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Luis Pérez Hoyos   
Domingo, 11 de Abril de 2010 20:07

Segundo Domingo de Pascua de Resurrección. Ciclo C. 11-4-2010.

Mensaje de las lecturas:

1ª, (Hch. 5,12-16), “Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres”

2ª, (Ap. 1,9-11a; 12-13; 17-19),”No temas, yo soy el que vive. Ya ves, estaba muerto y vivo.

3ª, (Jn. 20,19-31), “A los ocho días llegó Jesús”.

                      

Más que proclamar, vivir la Pascua.

En estos días hemos anunciado de múltiples formas el misterio Pascual. Hemos entonado himnos de alegría. Nos hemos felicitado la Pascua. Hemos anunciado que Jesús vive, porque ha resucitado. Es hora de preguntarnos  si nosotros también estamos vivos porque hemos resucitado con Él, Si realmente vivimos la Pascua. Pero hay que saber que vivir la Pascua es pasar por la cruz, como los hebreos "pasaron" por el Mar Rojo. El rostro y el cuerpo de Jesús glorioso, como se puede comprobar en el evangelio de hoy, están marcados por las cicatrices. No se puede llegar a la Pascua, sin dar antes los pasos previos. No se puede llegar a la Pascua sin romperse, como la losa del sepulcro, sin conseguir primero una entrega sin reservas, o una aceptación incondicional de la voluntad del Padre. Una Pascua sin cruz no es más que una fiesta de  primavera. Es vivir en éxodo permanente, y esto ocurre cuando se sale de Egipto deprisa y se come de pie, cuando  nadie se instala en situaciones placenteras ni se conforma con las libertades conseguidas,  cuando se afrontan los problemas que se presentan a  cada hora, cuando no se renuncia a  la tierra prometida.

      Vivir la Pascua es creer en la esperanza de la propia superación de cada día. Es aceptar al Dios sorpresa, al Dios que viene, al Dios que se hace presente y está en cualquier persona o acontecimiento o en cada sacramento. Es aceptar la sorpresa de Dios: su palabra, su regalo, su providencia, su amor. Es aceptar la sorpresa de la vida, porque el futuro no está escrito. Aceptar la sorpresa de muchos hombres, que no siempre son egoístas, rutinarios y mediocres. De esta esperanza surge el estilo pascual, firme y confiado.

     Vivir la Pascua es dejarse renovar. Dejar que el Jesús resucitado exhale su aliento sobre nosotros, su Espíritu creador. Que su aliento vital dé nueva vida a nuestros huesos resecos. Ser capaces de nacer de nuevo. Ser capaces de alimentarnos con "los panes ácimos de la sinceridad y la verdad”.

     Es "Estar en Cristo", frase feliz acuñada por Pablo y repetida por él casi 200 veces en el Nuevo Testamento,  y que resume todo el misterio de la Pascua. Estar en Cristo es estar en la verdad y vivir en el amor; es dejarse ganar por su Espíritu, tener sus mismos sentimientos, responder a su llamada; orar como él lo hizo, sentir la fraternidad  y vivir la comunión. Estar en Cristo es acompañar, es escuchar, es trabajar, es morir y vivir en él; es ser Él.

     Es vivir en el amor, morir al egoísmo cada día, perdonar 70 veces 7, servir por encima de las propias fuerzas, entregarse hasta el fin. Vivir la Pascua es ser testigos de Jesús muerto y resucitado, es poner toda la vida al servicio de la causa de Jesús; no es participar de una tradición social y de unas costumbres ancestrales, sino tener la experiencia de que Jesús está vivo, dando sentido a mi vida personal y concreta, como da sentido a la vida de todos los que formamos la comunidad de los creyentes. Y ser testigos de Jesús es vivir juntos, como hermanos, mostrando ante los hombres que nos sentimos y somos hermanos, porque todos tenemos un Padre común que nos llama a vivir una vida en plenitud.

     Esto es la Pascua. Es vida porque es un amor más fuerte que la muerte, es fogonazo que consume todas las ataduras, libertad definitiva, la paz como un torrente que inunda, la perfecta alegría. Proclamemos la Pascua, pero sobre todo, vivámosla de verdad.

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