| A propósito de la Alegría |
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| Escrito por Padre Antonio Ramos Ayala |
| Viernes, 28 de Enero de 2011 20:33 |
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Decía el apóstol de los gentiles a los cristianos de la comunidad de Filipos: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres" (Flp 4, 4ss). Tres siglos después, san Agustín, el obispo de Hipona, comentaba el texto paulino: "El apóstol nos manda estar alegres, pero en el Señor, no en el mundo" porque, como dice la Escritura, quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. (Sermón 171, 1-3. 5: PL 38, 933-935). Decía Aristóteles que el hombre siempre está a la búsqueda de la felicidad y es verdad: yo nunca he conocido a nadie, en su sano juicio, que le encante sufrir y ser infeliz. Si alguien alguna vez tuviese el deseo de vivir una vida triste y desconsolada, y que además le gustase, habría que recomendarle un buen psiquiatra. Todos los hombres, por naturaleza, buscamos ser felices. Pero, continuaba el filósofo afirmando en su disertación, el problema es que algunos hombres buscan la felicidad fuera de ellos, en lugar de buscarla dentro, que es donde está. (Ética a Nicomano, Aristóteles) Hoy, para ser feliz se necesitan muchas cosas y casi todas dependen del entorno, como si la verdadera alegría derivase siempre de aquello que nos viene dado desde fuera. Es cierto que el entorno influye en nuestro estado de ánimo y por tanto en nuestra felicidad. Pero si somos capaces de encontrar dentro de nosotros mismos la fuente de donde mana la verdadera alegría, podremos experimentarla incluso en momentos de dolor y sufrimiento. Para vivir alegre y ser feliz no hace falta tener o ser lo que no tengo ni soy; lo importante es disfrutar, reconciliarse y estar contento con lo que uno es y tiene. Ser más y tener más no puede convertirse en la meta que ponga en tensión permanentemente nuestra existencia. Es bueno y noble que deseemos ser y tener mucho más en todo aquello que nos hace mejores seres humanos: más cordiales y cercanos; más solidarios y serviciales. El mayor bien y la mayor alegría es haber sido llamados por Dios a la existencia. Ya desde el vientre materno Él nos conocía y amaba. Podríamos no haber existido nunca jamás y existimos. Ésta, si la contemplamos con hondura, será una verdadera fuente de gozo interior para cada uno de nosotros. La alegría interior brota de la certeza de saberse amado por Dios. Nadie me ama, ni amará nunca, como Dios, me ama. Como diría Teresa de Jesús: "¡Oh Amor que me amas más de lo que yo me puedo amar ni entiendo!" (Exclamaciones del alma a Dios, Capítulo XVII). El amor de Dios siempre está cerca, está con nosotros, en los momentos de gozo y de dolor, de tristeza y de esperanza, tanto en la salud como en la enfermedad. La alegría que no se agota nace de desear lo que Dios desea para mi vida, de querer siempre y en todo lo que Dios quiere y como Dios lo quiere. Ésta es una alegría que no está en la superficie, sino en lo más hondo del ser humano que, confiado, pone su vida y su historia en manos de su Hacedor. Una alegría ésta que no viene de fuera, sino que brota del fondo de nuestra alma, y que da paz, sosiego y tranquilidad. Termino con algo que escribía hace años: Para ser feliz, te diré, poco necesito: un amigo cercano. El canto de un pájaro sin jaula. Unas flores plantadas. La sonrisa de tierna de un niño. Para ser feliz, como ves, poco necesito: el corazón abierto a Dios que me ama. Sentirlo cada vez más dentro del alma. Oír el canto de un grillo. Mirar de noche hacia el cielo y viajar de estrella en estrella. Darme cuenta de que existo y gozar al calor de este re-misterio. Para ser feliz, te diré, me conformo con bien poco: sólo con amar a alguien y que a la vez me quieras tú. ¡Ya ves con qué poco es feliz mi corazón! |
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