| A propósito de Dios |
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| Escrito por Padre Antonio Ramos Ayala |
| Lunes, 24 de Enero de 2011 17:46 |
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¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! (Sal. 23). Con estas hermosas palabras nos invitaba en los pasados días navideños el salmo 23 a abrir nuestro corazón, nuestras mentes, nuestros sentidos y toda nuestra vida al Señor. Porque nuestra alma y nuestro corazón, sometidos a tanta "intemperie", pueden haber perdido la agilidad necesaria para vivir abiertos al misterio de Dios. Nos decía Juan Pablo II en la homilía de comienzo de su pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid, de par en par, las puertas a Cristo!" Todos hemos de tener la puerta del corazón abierta para el Señor: los creyentes que nos hemos encontrado con el Señor con mayor hondura; aquéllos que todavía buscan a Dios con cierta dificultad; los que viven en medio de la duda y la incertidumbre; los que no afirman ni niegan su existencia; también quienes lo niegan con rotundidad. Porque si no existe, ¿para qué negarlo? Simplemente no se niega lo que no existe. No existe y punto. Para quien niega la existencia de Dios una actitud más sabia y positiva sería la de vivir abiertos a este misterio, aunque no se crea en Él, por si acaso existiera. Todos tenemos, si queremos, razones suficientes para vivir abiertos a Dios y para dejarnos interrogar por este misterio de amor. A todos nos vendrán bien aquellas recordadas palabras de Juan Pablo II: "¡No tengáis miedo de recibir a Cristo! Recibir a Cristo es también vivir con el corazón abierto a los demás y a una mejor compresión del misterio de uno mismo". Hoy un signo de modernidad es criticarlo todo, poner todo en duda. Hay que dudar de todo lo que no sea demostrable con la razón humana, aunque ésta esté enferma. Parece que dudando de todo el hombre "pensante" se da más importancia a sí mismo. Como si la razón del hombre tuviese la última palabra sobre todo. Una gran soberbia y un gran error: pensar que los grandes misterios de la vida y de la muerte dependen de la razón limitada del hombre. Negar lo que no soy capaz de entender ni comprender desde mi corta razón. Hoy, como ayer, lo que no pasa por la soberbia criba de la razón se niega o se le ridiculiza. También, cómo no, a Dios mismo. Y así nos va amigos míos. Recuerdan ustedes aquel eslogan de moda que decía: "Dios ha muerto". Ni tan de moda, ya lo decía Nietzsche y otros de los llamados filósofos de la "muerte de Dios". Algunos de ellos, por cierto, también justificaban la muerte del hombre en manos de regímenes totalitarios. Y es que cuando se quiere "matar" a Dios en una sociedad entramos en un relativismo moral, que pone en riesgo la misma sacralidad de la vida humana. Cuando Dios muere, el hombre está ya sedado y listo para su sacrificio en aras, de vete tú a saber, qué ideología moderna. Para algunos Dios sigue siendo hoy un "estorbo" sin utilidad para la vida. ¿Pero de qué Dios se trata? En muchos casos de una imagen de Dios deformada o atada a una época histórica oscura. Una imagen de Dios impuesta, aun por la misma Iglesia, y que en ocasiones aparecía más como un enemigo del hombre. Un Dios muy lejano de la realidad hiriente de la vida del hombre. Éste es el Dios que muchos, entre los que me cuento, consideran un Dios innecesario. Urge seguir purificando nuestra idea de Dios para llegar a "verlo" no como un contrincante del hombre moderno, sino como nos lo manifestó Jesucristo: un Dios Padre que es amor. Un Dios amigo del hombre por quien dio su propia vida en la vida de su Hijo primogénito. Un Dios que es el Gran Garante de la justicia y de la paz; de la dignidad y de la vida del hombre. Un Dios Padre que es el único que puede responder al anhelo de plenitud que radica en el corazón de todo hombre.
No dejemos que nuestro corazón se cierre a Dios: "Que se alcen las antiguas compuertas" (Sal. 23). En palabras del Papa Benedicto en su reciente homilía en la Sagrada Familia de Barcelona: "Si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito". |
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