| A propósito del Adviento |
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| Escrito por Padre Antonio Ramos Ayala |
| Viernes, 26 de Noviembre de 2010 23:02 |
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Vivimos tiempos difíciles donde no se conoce del todo la verdad, ni se sabe con certeza hacia dónde caminamos, y no sólo por el oscuro panorama de la economía mundial, sino también por el deterioro permanente de valores fundamentales como pueden ser: el respeto a la dignidad y a la vida del ser humano desde su concepción hasta su muerte natural; la valoración política de la familia como la célula vital de la sociedad y santuario de la vida; el reconocimiento, la valoración y el respeto de las raíces cristianas de la nueva Europa… A nosotros, este panorama político-social, incluidas sus crisis, puede parecernos algo totalmente nuevo. La verdad es que, en la historia, siempre ha habido tiempos de crisis: la caída de los grandes imperios y civilizaciones; las grandes depresiones económicas; la pérdida de sentido de la vida; la falta de verdaderos valores… Pero a pesar de atravesar por momentos de dificultad siempre hubo hombres y mujeres que supieron confiar en Dios y poner en Él sus corazones. Siempre hubo personas y grupos que descubrieron en su interior una fuerza secreta capaz de triunfar sobre los días de crisis y abrirse a tiempos mejores. Gracias a Dios no faltaron quienes vivieron desde la fuerza de la fe, del deseo, y de la esperanza creyente, siendo para todos los hombres testimonio de vida esperanzada en medio de los densos nubarrones. La Iglesia y los católicos vivimos hoy en una sociedad en la que hay que remar a contracorriente y esto no es fácil. Vivir entre la sospecha y el desprestigio, la descalificación y la ridiculización, es algo que tiende al agotamiento. Pero, a pesar de todo, hemos de saber otear el horizonte con miras más elevadas para descubrir que no estamos solos en mitad de la corriente. Hemos de pensar que no somos tan pocos los que creemos en Dios y queremos vivir en consecuencia, aunque vivamos, eso sí, muy aislados unos de otros. No podemos perder de vista que siempre contaremos con la presencia y la ayuda de Cristo que se encarnó por amor al hombre y que hoy sigue realizando también su obra. Hemos de dirigir nuestra vista para otear horizontes nuevos en el mañana y, sobre todo, tener un gran corazón para comprometernos en ser instrumentos que sigan luchando por un mundo nuevo donde poder sentir a Dios, no como el enemigo del hombre, sino como un Padre amoroso. Un mundo donde poder vivir con todos los hombres una relación de hermanos que se quieren y respetan. Al empezar el tiempo litúrgico del Adviento, el centinela de la mañana nos sigue gritando al corazón: confía y espera. Es verdad que las cosas no andan bien; no podemos cerrar los ojos a la realidad que nos rodea: la economía, el paro, la guerra, el hambre… Pero tampoco podemos vivir como si no fuese a venir el mañana. Es más: el mañana ya está aquí en este Adviento que comienza en cada uno de nosotros. El Adviento nos pide saber advertir y descubrir el primer albor de la aurora en medio de la noche cerrada. El adviento reclama de nosotros dejarnos iluminar por el sol naciente, por el sol de justicia que es Cristo. Y éste tiene que ser nuestro compromiso: ser y proyectar la luz de Dios en la noche oscura del mundo y del alma. Ser capaces de descubrir la luz en plena oscuridad y entre las sombras. Saber que la oscuridad no es para siempre, ni del todo negativa. También de la oscuridad se aprende. Dicen que un hombre debilitado por su salud consiguió subir a una montaña muy elevada. La gente le preguntaba luego: "¿Cómo lograste llegar tan alto y con tantos inconvenientes?" A lo que él respondía sonriendo: "Porque mi corazón llegó primero". Hay que mirar más alto. Poner nuestro corazón en la cima de los ideales más nobles sintiendo que Dios nos protege. ¡Ánimo! Sigamos experimentando en Adviento, a pesar de las crisis, la presencia de un Dios que se hace niño por amor. Un Dios que nos susurra al oído: "Sigue luchando, confiando y esperando". |
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