| A propósito de la Iglesia |
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| Escrito por Padre Antonio Ramos Ayala |
| Martes, 03 de Agosto de 2010 16:38 |
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Entre las muchas pruebas a las que nos vemos sometidos los católicos de hoy está la prueba de las circunstancias históricas que atravesamos. Podríamos verlo con claridad y sin mucho esfuerzo: no son tiempos fáciles para la Iglesia ni para la fe que profesamos los creyentes. No tengo duda de que la Iglesia vive hoy una sutil persecución permanente a través de la manipulación tendenciosamente interesada de los hechos referentes a la vida del clero y de las comunidades católicas. Hoy tiene el poder en sus manos, no sólo el que posee la economía, si no también el que tiene bajo su autoridad las grandes plataformas de información masiva. La política de información de los últimos veinte años viene creando una opinión generalizada poco favorable a la vida de la Iglesia en general. Se la ridiculiza, se la estigmatiza y se le pretende desautorizar ante cualquier opinión que se expresa desde la libertad. Se pretende, y en muchas ocasiones se consigue, que socialmente la Iglesia sea vista como una institución atávica, arcaica, desfasada y ultra conservadora. Desacreditar permanentemente a la Iglesia no tiene otra finalidad más que la de desplazar a Dios del escenario público, para luego, poner en su lugar la idea laicista de progreso. Una idea de progreso, hay que decirlo con claridad, que olvida y margina a los más empobrecidos; que aniquila con sutileza y sin piedad a quienes no producen beneficios al gran monstruo de la economía mundial; un progreso encubridor de una cultura de muerte que pone a las personas muy por debajo de los intereses económicos; que hace del hombre objeto de la economía y nos va hundiendo en una crisis económica mundial a la que no se le ve el fin; que beneficia más a los mercados que a las clases más desfavorecidas. Los más empobrecidos son los que menos cuentan en medio de esta crisis mundial. Para cuantos nos decimos católicos son tiempos de redoblar nuestra estima por la Iglesia, el gran don de Dios puesto a nuestro alcance para nuestra salvación. Sin dejar por ello de reconocer nuestras deficiencias, pecados y limitaciones que oscurecen la imagen de Cristo que estamos llamados a mostrar. Y digo nuestras deficiencias, pecados y limitaciones porque la Iglesia no es "la" sino "yo". Yo soy Iglesia y mi falta de testimonio es también falta de testimonio de la Iglesia. Hoy necesitamos hombres y mujeres creyentes que amen y valoren de verdad a la Iglesia como Cristo la amó, que se entregó por ella. Es la mejor manera de empezar a cambiar aquello que vemos en ella que desfigura el rostro de Dios. Necesitamos seguir evolucionando hacia unas comunidades cristianas y católicas que lo sean de verdad. Por ello hemos de fortalecer permanentemente nuestra fe a través de la palabra de Dios y la Eucaristía como centro de nuestra vida creyente. Procurando los medios, el tiempo y los espacios necesarios para la formación permanente de nuestra fe. Cultivando la vida de oración personal y comunitaria. Redoblando nuestro esfuerzo individual y colectivo en el proceso de nuestra conversión. Viviendo la caridad, el amor generoso, desinteresado y libre, como la máxima expresión pública de la presencia de Jesús en nuestras vidas. Hoy son tiempos para que los católicos incrementemos el aprecio por la fe recibida y el deseo personal de una vida santa. De esta manera, desde nuestras comunidades católicas, seguirá surgiendo un testimonio evangélico de santidad que interrogue y anime a nuestros contemporáneos, como lo hiciera en el pasado. En los tiempos que corren para la fe y para la Iglesia animemos nuestra fe, fortalezcamos nuestra esperanza y acrecentemos nuestra caridad. |
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