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A propósito del Cuarto Mandamiento PDF Imprimir E-mail
Escrito por Padre Antonio Ramos Ayala   
Lunes, 21 de Junio de 2010 17:59

Conectaba la otra mañana con las ondas de radio a través de mi viejo receptor a la búsqueda de las noticias en el preciso momento en que el informador hablaba de la última aparición pública del político de turno. El mitin era en un estadio de deportes y dirigido a los jóvenes. Las fuentes informativas no lograban ponerse de acuerdo: como siempre sucede con las cifras estadísticas, éstas dependen siempre de quienes realizan la suma, según sus intereses así será el resultado. Unos decían que estuvieron presentes 3.500 jóvenes, otros que 1.250; pareciese como si cada cual los contase de uno en uno. La verdad es que no confío mucho en este modelo de cómputo.

En su adormecedor discurso, el floreciente político, acudía a una expresión propia del refranero popular: "Juventud, divino tesoro". Y continuaba con la vehemencia propia del que apenas comienza a caminar en el argot político: "Amigos míos, vosotros sois el futuro de esta bendita nación. Es por vosotros y por las generaciones venideras, por lo que hemos de trabajar intensa e incansablemente, quienes aspiramos al gobierno. Qué sería de nuestro futuro sin el regalo de vuestra lozanía y frescura. Contad siempre con mi compromiso firme y decidido en pos de abrir nuevos caminos de progreso y bienestar para los jóvenes. Esta tarde comprometo con vosotros mi palabra, y os digo desde este estrado, que el gobierno al que aspiro nunca se olvidará de las jóvenes generaciones".

Apagué la radio hastiado de escuchar, y pensé entonces, en lo estériles que son estas promesas a futuro cuando no parten del testimonio comprometido del aquí y del ahora. De nada sirven las promesas futuribles a los más jóvenes si no se respetan, cuidan y miman las esencias que son fundamento de nuestras sociedades modernas. Ninguna promesa a los jóvenes es realmente cierta mientras ésta no respete la dignidad venerable de nuestros mayores. Vano es prometer bienestar a los que aún no existen o comprometer la palabra con los jóvenes de ahora, si olvidamos y relegamos a un último plano, a quienes lo dieron todo por nosotros. Las promesas a la sociedad del mañana faltan en muchas ocasiones al realismo, si no se hacen desde el compromiso serio por proteger a nuestros ancianos. Si no amamos a los padres, que nos lo dieron todo; si no velamos por quienes ya gastaron su vida, ¿cómo vamos a prometer un futuro rosado a quienes empiezan a ponerse de pie en la vida? ¿Cómo prometer algo a quien aún no existe? Hoy en día deambulan corrientes extrañas que invitan cada vez más al egoísmo materialista y al desprecio de nuestras raíces; y las raíces más cercanas a nosotros, son nuestros propios viejos. Cuando esto sucede aparecemos como seres divididos en nuestra misma identidad. Difícil tarea la de amarnos realmente a nosotros mismos, si no amamos en verdad nuestro origen. Nuestra sociedad moderna parece olvidar cada vez más los valores y leyes eternas que han sido pilar y cimiento de lo que hoy tenemos y somos.

A propósito de ello, baste recordar una de las leyes que está en declive últimamente: "Honrarás a tu padre y a tu madre". Así lo enseña la Biblia en el libro del Éxodo: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12). Y es que nuestros mayores han de ser para nosotros como reliquias humanas beneméritas que hemos de tratar siempre con profundo respeto; con veneración, paciencia y con un cuidado esmerado. Ellos son nuestra raíz, y si esta raíz se ve afectada por la sequedad del olvido, el desamor o la indiferencia, no lo dudemos: el árbol frondoso que somos cada uno de nosotros terminara yermo, paupérrimo, como secas dunas inútiles.

La observancia de este mandamiento al que me refiero procura, con los frutos espirituales indudablemente, frutos temporales de paz y de prosperidad. Y al contrario, la no observancia de este mandamiento entraña grandes daños para las comunidades y las personas humanas. Y me gustaría recordar al político y a los jóvenes otro refrán popular que viene al pelo: "amigo mío, cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar". Si se pierde este importante horizonte ético de profundo y respetuoso afecto por los padres, ¿cómo seremos tratados nosotros por nuestros hijos en nuestro declive existencial? 

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