La iglesia de Capuchinos ha acogido en la tarde de este viernes 15 de marzo la Vigilia de Oración y ‘Mollete Solidario’ a favor de Manos Unidas que este año cumple su 60 aniversario luchando contra el hambre, celebrando también su tradicional cena solidaria a base de caldo y pan con aceite, todo gracias a distintas donaciones. 

Mientras Moisés está en el monte Sinaí recibiendo de Dios el Decálogo, su pueblo, que espera alejado del monte, se impacienta, porque desconoce lo que le ha ocurrido a Moisés, hasta el punto de pedir a Aarón que le haga un dios que vaya delante de ellos. Aarón accede. Los hebreos le entregan los pendientes de oro que tienen para que él los funda y haga un becerro de oro, al que considerarán su dios, se postrarán ante él y le ofrecerán sacrificios. 

 

Ante esto, Yahvé se enciende de ira. Le dice a Moisés que baje hasta donde está el pueblo y que lo va a destruir. Moisés intercede ante Dios y éste renuncia a destruir a su pueblo. Moisés se reúne con los israelitas. Rompe, de la ira, las Dos Tablas de la Ley que llevaba, destroza el becerro de oro hasta reducirlo a polvo, que disuelve en agua y lo da a beber a los hebreos, y castigará a muchos con la muerte por medio de los hijos de la tribu de Leví. 

 

Después, Moisés vuelve a subir al monte Sinaí, llevando dos tablas de piedra labradas, donde Yahvé volverá a escribir lo que contenían las tablas que Moisés había roto antes.Me gustaría destacar la rapidez con que un grupo humano le vuelve la espalda a Dios, un Dios que lo guía y de quien antes ha recibido múltiples signos evidentes de apoyo. El mismo Éxodo nos dice que Yahvé califica a su pueblo como un pueblo de dura cerviz. Creo que lo que le ocurrió a los israelitas es semejante a lo que nos sucede a cada uno de nosotros, porque, cada vez que pecamos, le damos la espalda a ese Dios que tantas muestras nos ha dado y nos sigue dando cada día de su existencia y amor hacia nosotros.

Segundo domingo del tiempo de Cuaresma. Continuamos con el Evangelio de Lucas que nos vuelve a narrar un pasaje de retiro. En esta ocasión, es Jesús quien se retira con tres de sus apóstoles para realizar oración. La oración es la segunda de las reglas que seguimos para el tiempo de Cuaresma. La oración debemos entenderla como sinónimo de la palabra diálogo. El diálogo es algo muy necesario para haya una correcta comunicación, más en el seno de una familia que se precia en tener buena relación entre sus miembros.

 

La comunicación es algo muy valorado a día de hoy: todos queremos estar en constante comunicación con nuestras familias, amigos… conectados a la información del día a día en la sociedad. Si esto lo extrapolamos a nuestra propia familia, son los padres y los hijos los que deben mantener esta constante comunicación, ya que es necesario que todos nos preocupemos de todos los que conformamos esa misma unión familiar. Y aquí el diálogo es la única herramienta para poder alcanzar esta comunicación. No nos imaginamos una familia que se comunique por tarjetas colocadas en un imán de la nevera, ¿verdad?

 

Pues de igual modo debe ser nuestra relación con nuestro Padre Dios. Todos los bautizados somos incorporados a una nueva y gran familia, la de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo y donde Dios es quien ejerce las labores de un buen padre que se interesa por sus hijos. Por ello, nuestra comunicación-diálogo con Dios es fundamental y la manera de hacerlo es a través de la oración.

 

Debemos hablar con Él, transmitirle nuestras inquietudes y, si no sabemos qué decirle, Jesús nos enseñó a decir “Padre nuestro…”. Por eso, en este segundo domingo de cuaresma te animo a incorporar esta segunda regla a este tiempo de preparación para el Triduo Pascual. Que seamos capaces de orar, de hablar, de dialogar, de comunicarnos con un Padre Dios que nos quiere como hijos suyos que somos y, por tanto, que vivamos como una verdadera familia que somos.

 

Si quieres, podemos vivir todo esto a través de una magnífica experiencia que, por tercer año consecutivo tendrá lugar, llamada “El Camino de los Niños”, donde todas las familias de las realidades de Antequera están invitadas a dedicar una jornada, la del sábado 6 de abril, a caminar por un particular “desierto”, a dialogar con los miembros de su familia, a convivir y a hacer oración. En esta ocasión, el “desierto” será un simbólico camino hasta el Rocío y el éxito de la jornada de convivencia vivida desde el amor, el diálogo y la cercanía de una familia que se quiere sólo depende de ti. ¿Te animas? Tienes toda la información en www.caminodelosninosantequera.blogspot.com

La comunidad de las hermanas Clarisas de Antequera celebró el pasado sábado 2 de marzo la profesión solemne de Sor Lucía Koki Mutinda en una Eucaristía presidida por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá.

El pasado miércoles daba comienzo el tiempo de Cuaresma, cuarenta días en los que nos prepararemos para vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor. Comenzamos, por tanto, este primer domingo de Cuaresma, con el evangelio de Lucas donde nos narra el pasaje donde el mismo Jesús se aparta, es decir, se retira al desierto y donde realiza oración y ayuno. Ante estas circunstancias, por su condición humana, recibe la tentación ante la sensación de necesidad provocada por su ayuno, de intentar caer en error, y donde se nos muestra como Él es capaz de negarse y hacer frente, no sin esfuerzo humano, a su compromiso de ayuno.

 

Los tiempos han cambiado, dicen muchos. El ayuno es un gesto simbólico donde los cristianos nos unimos en un signo, lo cual da no sólo una muestra de unidad en Cristo a través de su Iglesia, sino que también es un gesto de compromiso. Tradicionalmente, se dice que el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma nos abstenemos de comer carne. Pero, claro está, ¿no es un poco incoherente abstenerse de comer carne para hincharse a comer, por ejemplo, marisco? ¿Qué ayuno es ése? Hay que entender que la carne era un manjar muy preciado, costoso y, por tanto, difícil de poder adquirir para su degustación en tiempos atrás.

 

Por eso, las comunidades cristianas fijaban la carne como aquello de lo que podíamos preservarnos de tomar, aquello que era muy codiciado y deseado y que, por tanto, manifestaba un deseo y compromiso en esfuerzo en el hecho de procurar no tomarlo. A día de hoy, está muy bien que sigamos con ese ayuno particular, pues es un hecho en el cual nos podemos seguir uniendo todos los cristianos como signo de compromiso y ayuno. Pero también es verdad que, ¿qué esfuerzo supondrá esto para un vegetariano?

 

Quiero decir con esto, que cada cual debe mirar en su interior y ver qué es aquello que debe cambiar en su vida, aquello que le tiene casi “sometido” y abstenernos de hacer uso y/o consumo de él en este tiempo; también nos valdría un compromiso en positivo, es decir, aquello que no he hecho durante cierto tiempo y que puedo comprometerme a hacer, como ayuno y limosna, durante este tiempo.

 

Muchos son los ejemplos de lo que podemos hacer y, como el mismo Jesús hablaba con parábolas y ejemplos, quizás yo también debería hacer esta comunicación con ejemplos que a todos nos ayuden a entender el mensaje de este artículo: abstenernos del uso de nuevas tecnologías por una hora al día para dedicarlo a estar con la familia, dedicar tiempo a esa oración diaria que a veces olvidamos hacer, privarnos de aquello en lo que tanto derrochamos y que tanto nos gusta hacer y que, por un tiempo, no nos pasa nada si no lo hacemos y dedicamos ese esfuerzo, tiempo, dinero… para poder dedicarlo a otros fines que sí precisan de nuestro esfuerzo y compromiso en claro acto de caridad con nuestros hermanos más necesitados. Recuerda: reflexiona, ora y dedica tiempo a ver qué es aquello de lo que vas a ayunar en este tiempo.

Nos encontramos ante el séptimo domingo del tiempo ordinario. El evangelista Lucas nos traslada al momento en el que Jesús imparte una nueva catequesis de cómo debemos actuar en nuestro día a día, en nuestros quehaceres y en nuestra vida propia. “Tratad a los demás como queréis que ellos os traten”. Esta frase del evangelio de este domingo viene a resumir todo el pasaje que se nos narra, que se enriquece con múltiples ejemplos que Jesús pone a sus discípulos.

 

Porque la mejor manera de enseñar y de predicar es con el propio ejemplo, Jesús no sólo les enseña cómo deben actuar, sino que les invita a actuar así.Dar sin esperar nada a cambio y querer ofrecer a los demás lo que nos gustaría recibir por parte de los demás, es la mejor manera para acercarnos hacia el camino de la felicidad, ése que el pasado domingo se nos enseñaba también a través de las bienaventuranzas.

 

Y no me refiere al hecho de dar cosas materiales, sino a la acción de darnos a los demás, en el sentido más servicial del verbo “darse”.Los que tenemos la gran oportunidad y suerte de trabajar “pastoreando” a los niños y también a los adultos a través de la enseñanza en las aulas y en nuestras otras tareas pastorales, debemos ser conscientes de que no sólo los contenidos son importantes a la hora de transmitir enseñanza, sino también la metodología que aplicamos, es decir, el modo en el que enseñamos a los demás.

 

Porque una clase práctica es mucho más enriquecedora que una teórica y, siendo conscientes de que los más pequeños suelen aprender más por imitación que por imposición, el hecho de tratar a los demás como queremos que ellos nos traten cobra aún más sentido.Porque cuesta el mismo esfuerzo sonreír que gruñir, amar que odiar, perdonar que ser rencorosos… cambiemos nuestras intencionalidades y revistámoslas de amor. Como dice un eslogan muy cristiano que al mismo tiempo juega con la ortografía, “¡Amen! Así, sin tilde”.

La Biblia nos dice que Moisés y su pueblo llegaron al desierto de Sinaí y acamparon frente al monte del mismo nombre. Allí, Dios se manifestó, habló con Moisés y le entregó el Decálogo.

 

Primero, Dios exigió a su pueblo que se purificara durante tres días. Entonces, tuvo lugar la teofanía o manifestación de Dios. Yahvé bajó de las alturas a la cima del monte Sinaí en forma de nube y fuego. Hubo fortísimos rayos y truenos, una trompeta sonaba sin parar y la montaña temblaba. Solo Moisés podía subir al monte a hablar con Dios y, después, también Arón. El pueblo debía acercarse a la montaña para contemplar cómo se manifestaba Dios, pero no podía subir; ni siquiera traspasar las lindes de su contorno, bajo pena de morir.

 

Moisés habló con Dios y Dios le respondió por medio del trueno. Vemos aquí que Dios se hace presente a su pueblo. Pero Yaveh, con la excepción de Moisés y Arón, mantiene las distancias respecto al hombre. No es posible dirigirse directamente a Él. También es un ser que, debido a su modo de presentarse, produce miedo, temor. La obediencia a Él y al decálogo que va a transmitir está basada en el miedo.Y Dios entrega a Moisés el Decálogo o Diez Mandamientos, que aprendimos en la escuela. Esbozaré unas consideraciones.El Decálogo es una alianza de Dios, a iniciativa suya, con su pueblo.

 

Dios se compromete a guiarlo, a cuidarlo y protegerlo. A cambio, el pueblo hebreo está obligado a cumplir esos mandamientos de Yaveh. Y es que Yaveh estableció una serie de alianzas con su pueblo. La primera fue con Noé, después, con Abraham, después, ésta del Sinaí por medio de Moisés y, finalmente, la alianza última y definitiva con toda la humanidad por medio de Jesucristo y su sangre.Este Decálogo y el siguiente código de la Alianza forman el núcleo del judaísmo, que obligaba al pueblo hebreo y, todavía hoy, está vigente para todos aquellos israelitas creyentes.


Para los cristianos, el Decálogo es una referencia indispensable en nuestra necesidad de amar a los demás, porque su incumplimiento nos aparta del amor al prójimo. Pero estos mandamientos son claramente insuficientes, dado que amar a los otros como Jesús nos amó, además de suponer el cumplimiento de esos preceptos con creces, nos lleva infinitamente más lejos en el camino del amor, la misericordia y el perdón.Y no olvidemos que el cumplimiento de esos preceptos no salva al cristiano. Nos salva la gracia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo y de los actos de amor, como establece el capítulo 25 del evangelio de San Mateo.

Este domingo, el Evangelio nos sigue narrando pasajes del discurrir de Jesús por los pueblos a donde iba a evangelizar. Una vez más, acompañado de sus fieles apóstoles, vuelve a dirigirse a los discípulos y les enseña la fórmula para ser felices. Esta fórmula consiste en las bienaventuranzas. La palabra “bienaventurado” es sinónima de la palabra “feliz”.

 

Por eso, cuando cambiamos una palabra por la otra, el significado de cada una de las ocho bienaventuranzas coge un significado más cercano y más entendible a todos, además de dar un mensaje de esperanza muy claro a todos los que se refieren estas bienaventuranzas.


Recordarlos no suele ser tan fácil para todos, pero cuando estudié en el colegio recuerdo a una de mis maestras de religión (gracias Loli Cordón por este truco), que nos enseñó un buen método para acordarnos de todas. Consiste en recordar la serie POMANLLOHANMILIPAPA. Cada sílaba, recuerda en orden, cada una de las ocho bienaventuranzas: los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que padecen persecución por ser justos y los pacíficos. 


Todos los que practiquen la pobreza, la mansedumbre, los que sufren, los que estén deseosos de vivir en un mundo más justo y solidario, los que practiquen la misericordia, los que miren con ojos limpios y desde el amor que Cristo nos enseña, los que son señalados por querer aplicar la justicia entre iguales y los que practiquen la paz, todos ellos, sentíos felices, porque el Señor nos enseña el camino para alcanzar la verdadera felicidad. 

 

Sabiendo que sus caminos son inescrutables, dejaros guiar por Él, desde la lectura y práctica de su evangelio, y encontraréis el camino para ser felices en el Señor.

Este domingo contemplamos la escena de la primera pesca milagrosa que el Señor hace. La segunda ya será cuando, resucitado, anime a sus discípulos también en circunstancias similares de sequía.Ahora el Señor usa la barca de Pedro, que ya ha vuelto de las tareas sin resultado alguno y está limpiando las redes.

Primero le pedirá la barca para un momento, para poder predicar con cierta tranquilidad y seguridad a todos los que se le acercan. Más adelante le pedirá todo.No podemos dejar de considerar con cierta lógica humana lo que sucede al terminar de predicar a las gentes. Jesús le dice que salga a pescar. Jesús que para los que le conocen procede del interior y se dedicaba a tareas de artesano, de carpintero. Pedro sabe de barcas, de aguas, de corrientes, de tempestades, de horarios de pesca… y se comprende que ante la sugerencia del Señor muestre un poco de incertidumbre o desaprobación.

Pero también sabe que quien se lo dice no es uno cualquiera. Y por ello aunque muestra cierta desconfianza por la hora que pretende que trabajen, lo acepta “por tu palabra”.Hay no se sabe, cierta desconfianza, o un no querer contristar, como diciendo “yo hago lo que me digas pero ya verás que no sale nada”.Y tras la obediencia, el milagro. A pesar de que no era hora, de que no era el lugar, la pesca es asombrosa. Pedro tembloroso, pensando quizá con arrepentimiento en las dudas anteriormente manifestadas al Señor, se tira a sus pies, se agarra firmemente a ellos y muestra su poquedad: “Apártate de mí que soy un hombre pecador”. Le dice que se aparte de él, pero a la vez le agarra los pies.Ante la sorpresa Jesús no se arredra –lo tenía todo previsto– y le aclara lo que va a pasar a partir de ahora: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. En la primera lectura de hoy vemos que Isaías ante la pregunta de Dios se ofrece para ser su voz: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Contesté: Aquí estoy, mándame”. En el Evangelio Jesucristo conoce a los que ha elegido y sabe cómo prepararlos sin tener que preguntar.

Parece que hay un mandato, pero es una invitación amorosa. El amor no se impone, se ofrece; no manda, se sugiere.“Pescador de hombres”: Colaborador en la tarea evangelizadora que lleva a cabo el mismo Jesucristo. También nosotros hemos de sentir la mirada del Señor y oír su voz. Quizá también le oímos preguntar ¿a quién enviaré? Y ante esa pregunta podemos contestar afirmativamente o mirar para otro lado.En la pasada Jornada Mundial de la Juventud (Panamá, enero 2019) el Papa nos decía en la homilía de la Misa final del encuentro: Para Jesús no hay un “mientras tanto” sino amor de misericordia que quiere anidar y conquistar el corazón.

Él quiere ser nuestro tesoro, porque Jesús no es un “mientras tanto” en la vida o una moda pasajera, es amor de entrega que invita a entregarse.Es amor concreto, de hoy, cercano, real; es alegría festiva que nace al optar y participar en la pesca milagrosa de la esperanza y la caridad, la solidaridad y la fraternidad frente a tanta mirada paralizada y paralizante por los miedos y la exclusión, la especulación y la manipulación.

Pescador de hombres no queda sólo para quienes han recibido una vocación específica dentro de la Iglesia como los sacerdotes o personas consagradas. Todos los cristianos (como aquellos de los primeros tiempos que siguieron al Señor y luego a los apóstoles) tenemos que oír esas palabras y “pescar”. Pescar con nuestra sonrisa, con nuestro ejemplo, procurando –con la ayuda de Dios y nuestras fuerzas– alcanzar la personalidad de Jesús (firme, apacible, cariñoso, alegre) servidor  –siempre con sosiego– de los hijos de Dios en su Iglesia. Y de nuevo esa gran red se llenará de buenos peces, de peces que por la gracia de Dios se convertirán en pescadores que también oirán la voz del Maestro para “dejar todas las cosas” y seguirle.

El Evangelio de Lucas que escucharemos este domingo en la Eucaristía nos regala el relato de unos hechos muy significativos en cuanto a la misión de los apóstoles se refiere. En él, Jesús pide a sus apóstoles –pescadores de profesión– que cojan una barca para, desde ella, poder dirigirse a la muchedumbre que había en tierra y así llevarles la buena noticia.

Al acabar, les dijo que lo llevaran mar adentro para intentar pescar y, a pesar de las advertencias  de los apóstoles acerca de que no habían logrado tener suerte en sus hazañas durante toda la noche, Jesús les insta a echar las redes de nuevo, obteniendo esta vez un éxito tan grande que todos los presentes quedaron asombrados. Estos hechos nos enseñan y recuerdan que, con el Amor de Dios, todo es posible. Esta semana he visto una frase que me ha llamado la atención y que me gustaría compartir en esta columna: “No existen imposibles: sólo existen improbables”. Y es que, para Dios, nada es imposible, y, por tanto, dejándonos confiar en sus manos y en sus redes, para nosotros no debe haber imposibles, por muy improbables que parezcan.

Por eso, todos debemos esforzarnos día a día para intentar alcanzar nuestras metas y cumplir nuestra misión: sólo es necesario que nos esforcemos al máximo para que Dios nos dé el último empujoncito que necesitamos para llegar a nuestros fines.De igual modo, este evangelio encierra también el llamamiento a una misión. Pedro, asombrado por lo sucedido, pide a Jesús que no se acerque a él, pues confiesa ser un hombre pecador. A pesar de ello, Jesús, que lo quiere, le dice que no tema y que desde ese momento será pescador de hombres, y dejándolo todo, siguió a Jesús.

Este último momento también nos enseña que debemos aprender a relativizar nuestras tareas, quedándonos con aquello que realmente nos hace ser hombres al servicio de Dios y del prójimo. Por eso, una llamada del Señor basta para que sepamos cuál debe ser nuestra misión y que todo lo demás, quede en segundo plano. Para ello, es necesario tener abiertos los ojos y los oídos, y dejar abiertas las puertas del corazón para dejarnos inundar por su llamada al servicio, desde nuestra propia misión, aquélla que Él nos encomiende. Buenos ejemplos tenemos de ello en nuestra ciudad, como lo son la Beata Madre Carmen y el Beato Vidaurreta, así como muchos contemporáneos y paisanos nuestros que se han acogido a esa llamada del Señor desde la vocación religiosa y también desde la vocación seglar. Sed, por tanto, pescadores de hombres y dejaos llevar por la misión que Dios os encomiende.

La parroquia de San Sebastián acogió el viernes 1 de febrero de unas jornadas de formación de acólitos impartida por el delegado de liturgias de la Diócesis de Málaga y el miembro de la delegación de liturgias, los sacerdotes Alejandro Pérez y Felipe Reina, así como la participación del arcipreste de Antequera, Antonio Fernández.