“Son los hijos de la noche. ¡Qué música entonan!” Esta frase pronunciada por Bela Lugosi en “Drácula” (Tod Browning-1931), subiendo las escaleras, mientras en sus manos sostiene una vela con la que ilumina los pasos de su visitante, nos sirve de pretexto para homenajear a un conjunto de seres que con la ayuda del expresionismo alemán desembarcado en Hollywood por los años 30, llenaron de pesadilla las mentes de espectadores que sufrían desmayos ante el despliegue de aquella maldad romántica. De la mano de artistas como Tod Browning, James Whale... apoyados en Lugosi, Karloff, Lon Chaney Junior... crearon la imagen de iconos de la cinematografía del terror. Sus películas tuvieron gran influencia en las diferentes propuestas escénicas. Todas ellas, de gran carácter visual, han conformado y conforman un pozo de inspiración a cineastas de todos los tiempos. 

La fotografía de “La novia de Frankenstein” (James Whale-1935), los maquillajes de “El Fantasma de la ópera” (Arthur Lubin-1943), de “El Hombre lobo” (Georges Waggner-1941) o “El extraño caso del doctor Jekyll” (Victor Fleming -1941), poco a poco dibujando las caras en continuos encadenados de imagen, siguen teniendo algo especial. A pesar de la distancia de épocas y técnicas cinematográficas, estas obras geniales, sea o no aficionado el espectador, una vez conocidas, le acompañarán de por vida. Estos monstruos del pasado, son más presentes que nunca. 

El cine de repentes a través de efectos sonoros, cuchillos brillantes en la oscuridad, de sangre y vísceras, de giros argumentales acrobáticos, se pueden olvidar al día siguiente. Pero nadie, podrá borrar la inocencia del monstruo de Frankenstein, la mirada de Lugosi, las sombras del Fantasma de la ópera recorriendo las estancias de la ópera de París. 

Estos monstruos, poseen algo especial, empatizan en lo más profundo de nuestras psiques. Una vez conocida esta galería de seres, nacidos de grandes plumas del romanticismo literario (Stocker, Shelly,...) y adaptados por genios del celuloide no nos abandonarán nunca. Quizás porque lo más aterrador de cada uno de ellos, sea su humanidad.