Volver a visionar una obra maestra es una maravilla. Esperas con anhelo cada momento determinado del metraje. A veces descubres, recuerdas… en definitiva disfrutas. “Cantando bajo la lluvia” de Kelly y Donen (1952), nos habla del cine, de su magia. La película va más allá de un grandísimo musical. Nos revela las perfectas cualidades que debe tener una actriz o un actor, nos habla de la maquinaria creativa y técnica perfectamente engranada. 

El argumento de la película transciende para sacrificarse en demostrarnos la grandeza de un arte. La secuencia de Kelly bajo la lluvia es mítica, pero se me antoja sobrevalorada frente a otras de la misma película, con momentos preciosos en fotografía y composición. Existe entre las secuencias, un baile sobre un escenario diáfano donde los dos protagonistas son envueltos en una tela de raso que actúa entre ellos. Sí, actúa. Se retuerce, los acaricia, vuela y envuelve cada gesto del dúo protagonista, con una belleza de movimiento y pictórica que tan solo en sueños puede ser reproducida. 

“Cantando bajo la lluvia” es una declaración de altas intenciones cinematográficas, que jamás debe pasarse por alto. Obligado visionado para el profesional y el espectador. Hace poco tiempo, en un coloquio de Garci, comentaba que Antonio Mercero en sus últimos siete años, cada día, veía la misma película, “Cantando bajo la lluvia”. Su terrible enfermedad le haría olvidar su propio nombre, pero aquella película diaria, jamás le haría olvidar el porqué de su vida y existencia.