A finales de los 70, Carpenter inauguró un nuevo camino a explotar en el cine de terror con su obra “Halloween” (1978). Pero fue la originalidad de Sam Raimi quien convirtió aquellos primeros años de la década de los 80 en un paraíso en el desarrollo de películas del género, hoy en día reinventadas hasta la saciedad. Queda poco de aquellas chispas creativas. “Posesión infernal” (1981) de Sam Raimi, logró pasearse por grandes festivales.

 

Tuvo un boom comercial impresionante en el alquiler de videoclub, convirtiéndose en el film de culto que es. Las claves fueron el hambre cinematográfico de Raimi, un presupuesto bajísimo, recurriendo a préstamos familiares y de amigos, y la mezcla de diferentes temáticas del género (posesiones, zombies…). Durante el metraje del mismo podemos observar y disfrutar de la artesanalidad de cada situación o efecto, en un ritmo frenético de circunstancias que combinan el humor y el terror. La premisa del argumento es fácil y podría resumirse en cuestión de minutos, pero el desarrollo de la acción y el más difícil todavía, logran un producto que entusiasma desde los primeros momentos al espectador. 


Desde el punto vista técnico se ha hablado bastante, pero muy poco de algo que establece un antes y después en el género, también copiado en otros. Me refiero al sonido de los movimientos de la cámara. La cámara se convierte en un personaje más en la cabaña, en el bosque… oímos su pasar por entre los objetos, la vegetación. Esta obra de arte de serie B, encumbró a Raimi y Bruce Campbell (actor protagonista), este último en comunión con las distintas secuelas que le precedieron, hoy un icono. Stephen King, en aquella época, llegó a comentar del film que era lo más original y terrorífico que había visto. Y si no fuese poco, le guiñó el genio.